domingo, 12 de octubre de 2014

Glosa Dominical

¿DÓNDE ESTÁ NUESTRO TRAJE DE FIESTA?
Seguramente nos hemos encontrado muchas veces ante un joven que se enamora o una madre que espera un hijo, y nos hemos asombrado porque su rostro se transforma, se vuelve más hermoso, más luminoso. Y no sólo eso: le cambia la manera de ver su vida y la de los otros. Ésta es la experiencia en la que Jesucristo desea que entremos todos: acoger la belleza del Amor de Dios para dejarnos cambiar y transformar la mirada con que vemos la vida.
Acoger la invitación y dejarnos cambiar pueden ser los dos movimientos que la Palabra de Dios nos sugiere hoy, en los que deseo profundizar.
Desde hace algunos domingos el evangelio de Mateo nos ofrece relatos del Señor dirigidos a aquellos que oponen resistencia a un Dios que revela su omnipotencia a través de la misericordia; un Dios que se hace cercano a todos los hombres indistintamente, para hacerles vivir la dignidad de hijos de Dios y hacerles partícipes de la salvación de su Reino.
Es hermoso darse cuenta de la insistencia de Jesús al dirigir su invitación: Dios no se cansa, Dios insiste y hace lo imposible para despertar, para alcanzar a todo hombre. Como un padre solícito, que con el fin de hacer comprender a su propio hijo la importancia de una cosa, se la repite muchas veces con paciencia amorosa, cambiando incluso de ejemplos para mejor hacerse comprender. En el relato de hoy, el Señor utiliza la imagen de la invitación al banquete de bodas para tratar de tocar el corazón de sus destinatarios: Dios es un padre que revela su Amor a la humanidad a través de Jesús: que se presenta no como juez, sino como esposo que busca únicamente el bien de la amada. Acoger la amistad de Jesús en la propia vida es comparable a la alegría de un banquete nupcial al que todos y cada uno de nosotros está invitado a entrar y participar. En la primera lectura escuchamos un eco de ese banquete. Ahora ese banquete está preparado, disponible, y a disposición de nuestra vida a través de Jesucristo y su Pascua. Nuestra vida hambrienta de esperanza, de sentido, de comunión con los demás y de paz. Y todo esto es posible vivirlo ahora en el Señor.
En el relato del evangelio hay que destacar el rechazo de los primeros invitados y la reacción violenta del rey con la sucesiva invitación a cualquier otro. Pero lo más importante es que la fiesta de bodas está preparada para todo hombre, para nuestra vida. En la santa misa comemos y bebemos el cuerpo y la sangre de Cristo ofrecido en remisión de los pecados. Éste es el banquete al que somos llamados.
Y a partir de aquí la segunda invitación: dejarnos cambiar. En la segunda parte del relato, el Señor nos habla de un invitado sorprendido por el rey sin “vestido nupcial”, y por esta razón, lanzado a las tinieblas exteriores. Parece una contradicción que el rey invite a “buenos y malos” y luego se enfade por eso. Es que es necesario distinguir que por una parte la invitación es gratuita: el amor de Dios lo es. Pero la amistad con el Señor y su misericordia, siendo dones gratuitos y abiertos a todos, sin límite de tiempo, sin condición e inmerecidos, exigen la adhesión de nuestra libertad.
El amor de Dios no se conquista a través de un esfuerzo moral y voluntarioso, sino con el encuentro de Cristo y el sentirse continuamente perdonados por Él. Es esto quizá lo que cambia el modo de mirarnos a nosotros mismos, a los demás y a los acontecimientos de nuestra vida. Significa entrar en nuestra vida con un vestido nuevo: un vestido nupcial.
La resistencia de los fariseos es un ejemplo de nuestras resistencias. La novedad de Cristo nos invita a revestir todas las relaciones de nuestra vida con el traje de su Pascua y de su Espíritu y cambiar en nombre de la única fuerza más débil y al mismo tiempo más irresistible que se haya conocido jamás: su Amor. Como dirá San Pablo: revestíos como amados de Dios, santos y dilectos, de sentimientos de misericordia, de bondad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia (…) como el Señor os ha perdonado, así haced vosotros. Y por encima de todo, la caridad sea el vínculo de perfección (Col. 3,12.14). Encontrar el amor de Dios, seguir a Cristo no nos exonerará del compromiso activo, hecho de elecciones y gestos concretos, sino que nos abrirá verdaderamente al ejercicio de la responsabilidad y de servicio, que únicamente pueden ser vividos plenamente dentro de una lógica de libertad y de amor, no de temor e imposición.
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¡Cuántas veces en nuestra vida cristiana vamos vestidos como para un funeral: de severidad, de tristeza, de inoperancia, de resignación pasiva! Es necesario que nos vistamos de fiesta: de gozo y de esperanza, de optimismo e ilusión. Más que cargarnos con todos las tristezas del mundo, debemos llevar la sonrisa de Dios al mundo. Cuántas veces en nuestras celebraciones eucarísticas somos de los que vamos con el rostro tenso, nuestra mirada apagada. Un día el Señor puede decirnos: ¿cómo que has entrado sin el vestido nupcial? Tu gozo, tu paz, tu esperanza, ¿en que guardarropía las has dejado? Pero también podríamos entrar con nuestro vestido nupcial, el que recibimos el día de nuestro bautismo, mancillado por el pecado. Al imponernos la capelina bautismal, el sacerdote nos exhortó en la persona de nuestros padres y padrinos: “llévala siempre sin mancha hasta la vida eterna”. Participar del banquete eucarístico del amor sin la blancura con que nos purifica la gracia sacramental en la Penitencia, causa la ira del Rey de Reyes y nos hace merecedores, por sacrílegos, de las tinieblas exteriores: donde nos entristeceremos eternamente por haber ofendido y no correspondido a su Amor. Tengamos confianza en escuchar la voz del Señor, la misma que escuchó el paralítico que fue presentado al Señor a la entrada de la ciudad: “Ten confianza, hijo mío, tus pecados te son perdonados” (evangelio de la forma extraordinaria Mat. 9,1-8). El Señor hoy también nos repite: “Levántate, coge tu litera y vete a tu casa”.
¡Que la Virgen, desde el Pilar de Zaragoza, nos haga incólumes en la fe, firmes en la esperanza y ardientes en la caridad!
Fr. Tomás M. Sanguinetti

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