domingo, 2 de mayo de 2021

Todo empieza en la vid

 


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¡Ya estamos en  mayo! Ya es quinto domingo de Pascua .Aunque en nuestro interior existan motivos de preocupación, cavilaciones y cansancio, la liturgia nos invita a ir de nuevo al corazón del Evangelio para recordarnos de donde y de Quién venimos. Y para indicarnos de nuevo el camino. Y abre de nuevo nuestros sentidos para respirar al ritmo de la creación y de la naturaleza, a pesar de que vivamos en ciudades plagadas de edificios, llenas de tráfico y ruidos.

 

Y mira por donde que después de la figura del Buen Pastor y de las ovejas propuesta por el evangelio del domingo pasado (en el modo ordinario) o de hace dos domingos (en el extraordinario-misal de 1962), en este domingo nos llega una imagen muy apreciada por Jesús: la vid y los sarmientos. De entre todos los arbustos y plantas que conocemos, la vid es sin duda uno de los más originales: por la forma, por su composición, por las hojas, y en modo particular, por sus frutos.

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Sabemos bien que para aquel que ama la buena mesa, un grano de uva nos hace desear otro, hasta acabar con el entero racimo y para pensar, al menos por un instante, qué hay dentro de un vaso de buen vino.

 

Jesús lo sabía muy bien cuando escogía, con la complicidad de su madre, iniciar sus signos transformando 600 litros de agua en otros tantos de vino, sintetizando en pocos momentos- y ahí reside la belleza de este milagro- todo el proceso que parte de una semilla, de una vid, de un sarmiento, hasta llegar a la uva, a la vendimia, al lagar, al vino, a nuestra mesas…

 

El acontecimiento de Caná –cuando aún no había llegado la hora- nos habla de una vid ufana capaz de llenar de alegría la existencia de los hombres. Pero es únicamente en el discurso de despedida, en su adiós, una vez llegada la Hora, que Jesús nos habla de la vid, de aquello que se encuentra en los inicios, y de los sarmientos unidos a Él. 

 

Y, como una escena a cámara lenta, como un zoom sobre las nervaturas de las ramas de un árbol, como el microscopio de un documental que nos hace detener a observar de cerca aquella misteriosa y espléndida unidad que une los sarmientos a la cepa, tal como Cristo y los cristianos. Y que transforma aquella vid dándole forma de cruz, arbusto cuya savia está llena de Resurrección.

 

En esta imagen el Señor es más claro y conciso: hay un Padre agricultor, existe un Hijo-Vid y después estamos nosotros los sarmientos. Y hay un verbo repetido siete veces en el fragmento del evangelio: permanecer. Y resulta el mismo que encontramos en la epístola: “En esto conocemos que él permanece en nosotros: por el Espíritu que nos ha dado”

 

Quizá no sepáis que se trata del mismo verbo usado en el inicio del evangelio de San Juan, cuando se nos describe aquel encuentro en aquella tarde –eran las cuatro- de los dos primeros discípulos con su pregunta: “¿Dónde vives?”(Es decir: ¿Dónde permaneces?) Y con la posterior e inmediata invitación a seguirle, a venir y ver donde permanecía. Y aquel día permanecieron con Él. Y desde aquel día los discípulos empezaron a comprender donde permanecía Jesús. A partir de aquel día Jesús empezó a explicar a sus amigos que su morada tenía un nombre preciso: el Padre. Porque entre Jesús y el Padre existe una profunda comunión en el Espíritu Santo, que hace de las Tres Personas un único Dios.

 

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También nosotros estamos invitados a entrar en el sentido profundo de aquel verbo “vivir, morar, permanecer”, evitando el riesgo de malentendidos. Porque "permanecer" no significa “estoy un poco y después me voy” ni ser cristianos a la carta, a tiempo parcial. Ni tan siquiera es quedarse en la parroquia, visto que es a menudo la pregunta que, llena de amargura, se hacen las catequistas y los sacerdotes en este periodo: ¿Permanecerán estos niños después de la Comunión o estos chicos después de la Confirmación? ¿Los veremos el próximo domingo?

 

Permanecer tiene un sentido profundo, más verdadero, más comprometido y totalizante: significa hacer correr en nuestras venas la misma savia vital de Cristo, significa respirar a su mismo ritmo, significa dar fruto con Él, porque sin Él nada podemos hacer. ¡Nada! No dice: podemos hacer poco. ¡No podemos hacer nada! No nos engañemos: una fe compuesta únicamente de fórmulas, de gestos, de ritos, es pura esterilidad. Es leña seca, paja que el viento levanta y dispersa. 

 

La fecundidad que da mucho fruto existe solo si Cristo es Vida de nuestra vida. Permanecer en Cristo significa dejar que el amor que nos viene del Padre a través del Hijo sea como una ola vital dentro de nuestra existencia, es advertir que somos mente, corazón, sentidos, sangre por la que corre la vida que puede regenerar todas nuestras esperanzas. 

 

Para el que permanece en Él nace entonces un sentido gozoso de todo: la alegría de sentir que todo es don y todo encuentra sentido en su amor. Y nace la belleza de ser Iglesia, ya no separados unos de otros, sino cada uno en relación con los hermanos porque se vive de un mismo amor. Es la experiencia que Saulo hace después de la experiencia transformadora del camino de Damasco cuando entra, no sin dificultades, en la comunidad cristiana. Los discípulos de Jerusalén en un primer instante lo temen y lo tiene lejos, después lo protegen y lo defienden. 


¿Qué es lo que había cambiado? Habían comprendido que la misma vida de Cristo estaba en él y que el pasado ya no contaba. Contaba la nueva realidad, su común asimilación a Dios. Esto es aquello de “llevar fruto”: “Quien permanece en mí y Yo en él, ese da mucho fruto”. El fruto consiste en mostrar que el amor no está hecho de palabras, sino de hechos y en la verdad. Pero hay que subrayar una última cosa en el evangelio de hoy. Si bien es cierto que el sarmiento seco se tira y se quema, también se afirma que el sarmiento que da fruto se poda. Y la poda –lo sabemos- siempre es una herida. Porque amar es un riesgo: comporta heridas. Amar quiere decir convertirse en vulnerable con respecto de aquellos que amamos.

 

Ha sido necesaria la Cruz para que el fruto de la vid apareciera en la mañana de Pascua. Y ha sido derramado para darnos el vino del amor. Si aún hay amor en el mundo, en la Iglesia, en las familias, si hay aún alegría, es porque aún hay tantos sarmientos que aceptar ser podados para dar más fruto. No es un sufrimiento estéril, sino fecundo. Porque el Amor, el verdadero amor, siempre engendra vida. 

 
Mn. Francesc M. Espinar Comas

Semana del 3 al 9 de mayo.

 


Dena

Intenciones de las Eucaristías. Durante la semana a las 21:00 horas.

Lunes: Por Dolores da Silva Gaspar, hijo Pepe y difuntos de la familia.

Martes: Por Secundino Domínguez Laya y Dolores Rosa Lobo.

Miércoles: Por Ángel Domínguez Rosa.

Jueves: Por Rufino Santamaría Castro

Viernes: Por Palmira Dozo Fontán.

Sábado: A las 11:30 Primer Aniversario de Lolo Dozo Castro. A las 21:00 Misa por Antonio Insua Camaño; Lola Méndez Arosa.

Domingo: Primera a las 9:00 por Aurora Insua Camaño, Lolita Camaño y difuntos de la familia. Segunda a las 12:30 por las Obligaciones del Celebrante.

 

Villalonga

Intenciones de las Eucaristías. Durante la semana a las 20:00 horas.

Jueves: Por las vocaciones sacerdotes y religiosas.

Sábado: Por Elisa Buezas Bouzada, da Arnosa; Juan Luis Otero Fernández, do Revel.

Domingo: Primera a las 10:30 por Manuel Carballa Padín y difuntos de la familia; Carmen Padín, esposo y su madre Juana; Eladio Otero Rodríguez; Serafín Torres Troncoso. Segunda a las 11:30 por la Parroquia.

domingo, 25 de abril de 2021

¡Algo más grande nos espera!

 


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Estamos aún en pleno periodo pascual y el fragmento del Evangelio de este domingo explica la grandeza del acontecimiento. Jesús recuerda que ha dado la vida por nosotros y que ha tenido el poder de resucitar. “Nadie me la quita: soy yo mismo quien la entrega. Tengo el poder de darla y de recobrarla de nuevo”. El dar la vida es un hecho voluntario que manifiesta su gran amor por nosotros. Nos ha dado la vida para que pudiésemos convertirnos en una cosa sola con Él. Únicamente participando a la vida del Señor se puede tener la vida eterna. Es esta la enseñanza del Buen Pastor que ama a sus ovejas y no como el mercenario que las abandona cuando están en peligro, justamente en el momento en que tendría mayor necesidad de ayuda. 

 

Cristo conoce a sus ovejas en modo profundo y misterioso porque las conoce como conoce el Padre. Nos conoce mejor de cuanto nosotros mismos nos conocemos ya que nos conoce según el designio de Dios. Conoce tanto nuestras debilidades como nuestros méritos. Como también conoce aquellas ovejas que aún no están en su redil, pero que sin duda están llamadas a estarlo. También esas pues serán llamadas y escucharán su amorosa voz, ya que también por ellas morirá y resucitará. á. Así lo quiere el Padre y el Señor no las abandonará y no dejará que se pierdan lejos de Él.

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¡Cuán diferente es el lobo! Él no ama a las ovejas. Es como un mercenario y no le importa que las ovejas se pierdan. Si tuviese celo por las ovejas daría su vida y las mantendría unidad. Es esto lo que desea el Señor: la unidad de su rebaño. Todo esto confirma que entre el pastor y el rebaño no puede haber separación alguna, sino la unidad típica del Cuerpo Místico. Es esta certeza que hace gritar a Pedro que aquel Cristo que ha sido crucificado y que ha resucitado continúa obrando en sus ovejas. Es la piedra angular que han rechazado los constructores ignorando su valor. 

Pedro, colmado del Espíritu Santo, recuerda que solo por medio de Cristo podemos salvarnos. Su valor salvífico es único y efectivamente no hay otro nombre dado a los hombres bajo el cielo que nos pueda salvar. Para salvarse es necesario atravesar la Cruz y la Resurrección de Cristo. Pasar a través de su amor misericordioso que nos revela la grandeza del amor divino. El amor hacia los hijos redimidos por la verdad y ya no esclavos del pecado. De aquí el gozo de Juan: “mirad que amor más grande nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, y en efecto lo somos”. 

 

Es por esta razón, que ya desde este mismo momento pertenecemos a otra dimensión, a otra realidad. “Por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a Él”. Cristo aparece como un extraño para el mundo, porque no sabe reconocer su lógica. Pero es en esta extrañeza que reside su grandeza, que será finalmente la nuestra. Si en efecto “somos desde ahora hijos si bien no se ha manifestado aquello que seremos”, algo aún mayor, aunque por el momento misterioso, nos espera.

 

Mn. Francesc M. Espinar Comas

Semana del 26 de abril al 2 de mayo

 


Dena

Intenciones de las Eucaristías. Durante la semana a las 21:00 horas.

Lunes: Por Avelino Basdedios Padín; Rosa Cacabelos Rey y difuntos de la familia.

Martes: Por Francisco Padín Cousido, padre y difuntos de la familia; Julio, Manuela y difuntos de la familia.

Miércoles: A las 19:00 primer Aniversario de Luisa Gondar Vieites. A las 21:00 Misa por Dolores Besada Vázquez y esposo. Secundino Domínguez Laya y Dolores Rosa Lobo.

Jueves: Por Secundino Domínguez Laya y Dolores Rosa Lobo.

Viernes: Por Secundino Domínguez Laya y Dolores Rosa Lobo.

Sábado: Por José Cacabelos Garrido, María Torres Pombo; Horacio Cacabelos, madre y difuntos de la familia.

Domingo: Primera a las 9:00 por la Parroquia. Segunda a las 12:30 por las Obligaciones del Celebrante.

 

Villalonga

Intenciones de las Eucaristías. Durante las semana a las 20:00 horas.

Jueves: Por Águeda Fontán Camiña y esposo Tito, Perfecto Álvarez Filgueira, da Xuncablanca, José Manuel Chan Padín.

Viernes: A las 19:00 primer Aniversario de Servando Miniño Álvarez.

Sábado: Por Mercedes Afonso Moldes, José Alfonso Pita Fernández, Manuel Suárez González, José Antonio Crespo González, José Casal Méndez, padres, José y Dorinda.

Domingo: Primera a las 10:30 por Eugenia Domínguez Otero y esposo, Manuel Carlos Leiro Otero, da Arnosa y difuntos de la familia. Segunda a las 11:30 por la Parroquia.

domingo, 18 de abril de 2021

¡Es el victorioso autor de la vida!

 


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En este tercer domingo del tiempo pascual, la liturgia pone una vez más en el centro de nuestra atención el misterio de Cristo resucitado. Victorioso sobre el mal y sobre la muerte, el Autor de la vida, que se inmoló como víctima de expiación por nuestros pecados, “no cesa de ofrecerse por nosotros, de interceder por todos; inmolado, ya no vuelve a morir; sacrificado, vive para siempre” (Prefacio pascual III). Dejemos que nos inunde interiormente el resplandor pascual que irradia este gran misterio y, con el salmo responsorial, imploremos: “Haz brillar sobre nosotros el resplandor de tu rostro”.

 

En la página evangélica, san Lucas refiere una de las apariciones de Jesús resucitado (cf. Lc 24, 35-48). Precisamente al inicio del pasaje, el evangelista comenta que los dos discípulos de Emaús, habiendo vuelto de prisa a Jerusalén, contaron a los Once cómo lo habían reconocido “al partir el pan” (Lc 24, 35). Y, mientras estaban contando la extraordinaria experiencia de su encuentro con el Señor, él “se presentó en medio de ellos” (v. 36). A causa de esta repentina aparición, los Apóstoles se atemorizaron y asustaron hasta tal punto que Jesús, para tranquilizarlos y vencer cualquier titubeo y duda, les pidió que lo tocaran —no era una fantasma, sino un hombre de carne y hueso—, y después les pidió algo para comer.

Una vez más, como había sucedido con los dos discípulos de Emaús, Cristo resucitado se manifiesta a los discípulos en la mesa, mientras come con los suyos, ayudándoles a comprender las Escrituras y a releer los acontecimientos de la salvación a la luz de la Pascua. Les dice: “Es necesario que se cumpla todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí” (v. 44). Y los invita a mirar al futuro: “En su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos” (v. 47). 

 

C:\Users\usuario\Desktop\emaus.jpgToda comunidad revive esta misma experiencia en la celebración eucarística, especialmente en la dominical. La Eucaristía, lugar privilegiado en el que la Iglesia reconoce “al autor de la vida” (cf. Hch 3, 15), es “la fracción del pan”, como se llama en los Hechos de los Apóstoles. En ella, mediante la fe, entramos en comunión con Cristo, que es “sacerdote, víctima y altar” (cf. Prefacio pascual v) y está en medio de nosotros. En torno a él nos reunimos para recordar sus palabras y los acontecimientos contenidos en la Escritura; revivimos su pasión, muerte y resurrección. Al celebrar la Eucaristía, comulgamos a Cristo, víctima de expiación, y de él recibimos perdón y vida.

 

¿Qué sería de nuestra vida de cristianos sin la Eucaristía? La Eucaristía es la herencia perpetua y viva que nos dejó el Señor en el sacramento de su Cuerpo y su Sangre, en el que debemos reflexionar y profundizar constantemente para que, como afirmó el venerado Papa Pablo VI, pueda “imprimir su inagotable eficacia en todos los días de nuestra vida mortal” (Insegnamenti, V, 1967, p. 779) 

 

Benedicto XVI (26 de abril de 2009)

Semana del 19 al 25 de abril

 


Dena

Intenciones de las Eucaristías. Durante la semana a las 21:00 horas.

Lunes: No habrá Misa.

Martes: Por Manuel Riveiro Varela.

Miércoles: Por María Jesús Outeda Pintos, a intención de la cofradía del Carmen.

Jueves: A las 19:00 primer Aniversario de Ramón Limeres Dovalo.

Viernes: Por María del Carmen Montes Pérez, Robustiano Fariña Dopazo.

Sábado: A las 10:30 primer Aniversario de Consuelo Fariña Lojo. A las 11:30 primer Aniversario de Carmen Varela Minguillo. A las 21:00 Misa por Moisés Troncoso Piñeiro y difuntos de la familia, José Dopazo González.

Domingo: Primera a las 9:00 por la Parroquia. Segunda a las 12:30 por Elisa do Roxo.

 

Villalonga

Intenciones de las Eucaristías. Durante la semana a las 20:00 horas.

Lunes: A las 19:00 horas, primer Aniversario de José Méndez Radío.

Martes: Por Albino Estévez Chan y esposa Carmen.

Jueves: Por Maruja de Caneda y su madre.

Sábado: Por Manuel Otero Lores y su hijo Antonio Camilo, Francisco Manuel Domínguez Frelle, Elier Vázquez González, Ángela Lorenzo Meis.

Domingo: Primera a las 10:30 por Claudio Torres Troncoso y Amelia Camiña Torres, Tito Torres Otero; Manuel Castro Blanco. Segunda a las 11:30 por la Parroquia.

domingo, 11 de abril de 2021

¡Obrasteis por ignorancia!

 


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Resulta increíble lo que las lecturas de hoy nos quieren transmitir. Es posible que penséis que esta afirmación es una más de las ya conocidas estrategias que usamos los curas para llamar la atención. Pero mejor que lo comprobéis por vosotros mismos y me digáis vuestra opinión. 

 

¿Cuál es el tema que une las lecturas de este domingo? ¿Cómo podemos comprenderlo? El modo más sencillo es detenernos y prestar atención a las palabras comunes en los fragmentos bíblicos, y obrando de esta manera nos daremos cuenta de que hoy los conceptos en torno a los cuales gira la palabra de Dios son “pecado y conversión”: lo podéis verificar, aunque si en el salmo no son tan explicitas, y veréis fácilmente que se trata de una invocación dirigida al Señor en un momento de dificultad. ¿Qué es lo que le pedimos? He aquí el estribillo: “que resplandezca sobre nosotros la luz de tu rostro”. La luz…

Se trata de aquella luz en ausencia de la cual, nos dice la primera lectura, los judíos han matado al Hijo de Dios y han preferido en su lugar a un asesino (por ignorancia, quiere decir falta de luz para conocer, para razonar); por falta de luz los discípulos de Jesús no aciertan a comprender, justo después de la resurrección, que todo lo que Jesús había vivido en Jerusalén había sido establecido por Dios a través de la historia (“es necesario que se cumplan las cosas escritas sobre mí”). Incluso Jesús se aparece a ellos, y estos no acaban de creer, tanto es así que Jesús, quizás sin tener hambre, debe comer el pescado asado (¡uy qué bueno!) quizás con un poco de aceite y ajo, evitando que dudaran de que pudiese comer. Y he aquí que Jesús les concede la luz para comprender las Escrituras: “abre su mente a la inteligencia de las Escrituras”. 

 

Se trata de la luz que a nosotros tantas veces nos falta. Aquella luz que nos permite comprender las cosas verdaderamente importantes en la vida; entiendo vida humana integral, incluyendo la vida del corazón…la fe. ¿Cuál es el mensaje que Jesús confía a sus discípulos? Dice el evangelio: vosotros sois testigos de “que el Hijo de Dios debía padecer y resucitar de entre los muertos y en su nombre será predicada la conversión y el perdón de los pecados”. Jesús después de la resurrección busca disipar aquella ignorancia por la cual los judíos lo habían entregado a la muerte. Y mira por donde que los judíos estaban convencidos de que obraban bien matándolo. Incluso que se sentían obligados a someterlo a la muerte, a pesar de que ninguno de los tres o cuatro motivos de condena resultaba consistente. El sentirse justo por el solo hecho de ser es la mayor ceguera de todos los tiempos. Como tantas veces escuchamos: yo estoy en regla, no robo, no mato, no digo grandes mentiras, no traiciono. ¿Qué me falta?

 

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Si leemos la segunda lectura en su contexto, escrita por aquel bondadoso San Juan que dice que Dios es amor, y que aquí afirma: en esto sabemos que conocemos a Cristo, si observamos sus mandamientos. Y no sólo el 5º,6º,7º y 8º, sino todos, también aquellos que se refieren directamente a Dios. En una palabra: ¿cómo alguien puede decir que es cristiano si no vive como cristiano? Es decir: si la oración no es un encuentro cotidiano con Dios, si los sacramentos (confesión y comunión) no forman parte con toda normalidad de la vida, si la misa dominical no es una cita fija, como la cosa más importante de toda la semana. ¿Cómo puede pretender un cristiano sentirse contento consigo mismo si no lee nunca la palabra de Dios, el evangelio? Nunca llegará a comprender el verdadero rostro de Dios. Y se pondrá a acusar a diestro y siniestro a la Iglesia, a los curas, a los católicos, a todos…porque es más fácil acusar que comprometerse en el propio y pequeño mundo. O permanecerá en la ignorancia, no siempre sin culpa, y obrará en consecuencia. La historia demuestra que cuando alguien tiene demasiadas certezas sobre el propio modo de actuar, esas certezas son grandes señales de una parálisis de la inteligencia, es decir de cerrazón. 

 

Verifiquemos nuestra vida de fe y veamos si por casualidad no pretendemos ser maravillosos, mientras en cambio no cumplimos ni siquiera lo esencial y fundamental de nuestra fe: observar los mandamientos. Recordemos que “quien dice que lo conoce y no observa los mandamientos es un mentiroso. Y en otro lugar el mismo san Juan dice que “quien dice que no ha cometido pecado es igualmente un mentiroso”. Y estoy convencido de que a nadie le gusta que le digan que es un ignorante. Bien al contrario. 

 

Que el Señor nos conceda la gracia de la humildad, realismo para poder conocer el propio pecado y así beneficiarnos de su grande, inmensa e inimaginable misericordia. ¡Pidamos a María la Virgen que nos obtenga esa gracia!

 

Mn. Francesc M. Espinar Comas