domingo, 13 de septiembre de 2026

PERDONAR HASTA SETENTA VECES SIETE

 


La primera y tercera lecturas nos hablan del perdón de los pecados. En la segunda San Pablo desea que no vivamos para nosotros mismos, sino para el Señor.

En la Iglesia, comunidad de redimidos y reconciliados con el Padre en el Corazón de su Hijo muy amado, se nos garantiza el perdón divino y se nos impone amorosamente el perdón recíproco entre todos. Nada más exigente para la genuina convivencia cristiana en el Misterio de la Iglesia, que el acontecimiento mismo de nuestra Pascua: nuestra reconciliación con Dios y con los hermanos.


Eclesiástico 27,33–28,9Perdona la ofensa a tu prójimo y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas. Ya la revelación profética del Antiguo Testamento preparaba el mandato divino del perdón de las injurias, como una expresión de la humilde y perpetua necesidad que también nosotros tenemos del perdón divino.

Es evidente que quien no quiere perdonar no puede presentarse ante nadie para ser perdonado y, menos ante Dios. No está en buenas disposiciones de alma para obtener el perdón. Con la medida con que medimos seremos medidos. Para este perdón mutuo necesitamos estar despojados de nuestro amor propio, que es el gran enemigo de nuestra felicidad, de nuestra paz, de nuestra santidad. Sólo con amor divino podemos amar al prójimo como Dios quiere. Ante todo y sobre todo abnegación propia. Esto es lo que prepara el camino que nos lleva a la reconciliación con Dios y con los hermanos, que son todos los hombres.


–Bien nos lo muestra el Salmo 102: «El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia... Él perdona todas nuestras culpas y cura nuestras enfermedades, rescata nuestra vida de la fosa y nos colma de gracia y de ternura. No está siempre acusando, ni guarda rencor perpetuo. No nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestra culpas. Como se levanta el cielo sobre la tierra se levanta su bondad sobre sus fieles; como dista el oriente del ocaso así aleja de nosotros nuestros delitos». Nosotros, dentro de nuestras limitaciones, hemos de hacer lo mismo con los que nos ofenden. Así estaremos dispuestos para bendecir al Señor con todo nuestro ser y no olvidar sus beneficios».

Romanos 14,7-9En la vida y en la muerte somos del Señor. Porque hemos sido perdonados para Cristo y redimidos por su amor, el perdón fraterno es, entre nosotros, una exigencia de nuestra pertenencia a Cristo, el Señor. El vivir y morir para el Señor tiene habitualmente un sentido sacrificial, cultual. El cristiano está invitado a renunciarse a sí mismo, a la propia afirmación, exaltación y gloria para afirmar con toda su vida el dominio de Dios. Comenta San Cirilo de Alejandría:

«Se ha dicho que Cristo tuvo hambre, que soportó la fatiga de largas caminatas, la ansiedad, el terror, la tristeza, la agonía y la muerte en la cruz. Sin ser presionado por nadie, por sí mismo ha entregado su propia alma por nosotros, para ser Señor de vivos y muertos (Rom 14,9). Con su propia carne ha pagado un rescate justo por la carne de todos, con su alma ha llevado a cabo la redención de todas las almas, aunque si Él ha vuelto a tomar su vida, es porque, como Dios, Él es viviente por naturaleza» (Sobre la Encarnación del Unigénito 4).


Mateo 18,21-35«Perdonar hasta setenta veces siete», esto es, siempre. El Evangelio nos exige un corazón perdonado por el Padre y hecho a descubrir a Dios y perdonar a todos, incluso a los propios enemigos. Se terminó con el Evangelio la ley del talión: ojo por ojo y diente por diente. San Juan Crisóstomo dice:

«De modo que no encerró el Señor el perdón en un número determinado, sino que dio a entender que hay que perdonar continuamente y siempre. Esto por lo menos declaró por la parábola puesta seguidamente. No quería que nadie pensara que era algo extraordinario y pesado lo que Él mandaba de perdonar hasta setenta veces siete. De ahí añadir esta parábola con la que intenta justamente llevarnos al cumplimiento de su mandato, reprimir un poco de orgullo de Pedro y demostrar que el perdón no es cosa difícil, sino extraordinariamente fácil.

«En ella nos puso delante un propia benignidad a fin de que nos demos cuenta, por contraste, de que, aun cuando perdonemos setenta veces siete, aun cuando perdonemos continuamente todos los pecados absolutamente de nuestro prójimo, nuestra misericordia al lado de la suya, es como una gota de agua junto al océano infinito. O, por mejor decir, mucho más atrás se queda nuestra misericordia junto a la bondad infinita de Dios, de la que, por otra parte, nos hallamos necesitados, puesto que tenemos que ser juzgados y rendirle cuenta» (Homilía 61,1, sobre San Mateo).

Manuel Garrido Bonaño  (Dei Verbum.org)

Semana del 14 al 20 de septiembre

 

Dena

Intenciones de las Eucaristías. Durante la semana a las 20:00 horas.

Lunes: No habrá Misa.

Martes: Festividad de la Virgen de los Dolores. Misa a la Virgen de los Dolores, por las intenciones de la Parroquia.

Miércoles: María Isabel Martínez Díaz. Alicia García Fariña.

Jueves: Julio, Manuela e hijos fallecidos.

Viernes: Por los ancianos y enfermos de la Parroquia.

Sábado: Manuel Salgueiro Blanco. Manuel Vázquez Meis y su hijo Miguel Ángel. Modesto Sanmartín Arosa y difuntos de la familia. Tomás Outón Cacabelos.

Domingo: Primera a las 9:00 por la Parroquia. Segunda a las 12:00 por Ángel García Martín. Iñigo Lapetra y difuntos de amabas familias. Intenciones de familia Arteaga Gómez de la Vega. José Manuel Otero Naveiro, padres, hermanos y suegros. Manuel Blanco Vidal.

 

Villalonga.

Intenciones de las Eucaristías. Durante la semana a las 19:00 horas.

Martes: Festividad de la Virgen de los Dolores. Misa a la Virgen de los Dolores, por las intenciones de la Parroquia.

Viernes: A las 21:00 catequesis de los jóvenes de la Confirmación.

Sábado: Misa por Ana María Garrido Troncoso. Jacinto Casal Soutullo. Juan Salgueiro. Gonzalo Martínez Martínez. Peregrina Vilar Moldes y difuntos de Casa, do Freixo. Marina Otero Carballa y esposo Chan. Pastora Valladares Soto.

Domingo: A las 11:00 Misa en Acción de Gracias a la Virgen a intención de José Antonio y Tana. Carmen Estévez Filgueira. Carmen Buezas Besada. A la Virgen de los Milagros, una devota.

domingo, 6 de septiembre de 2026

CENTINELAS DE LA FE: ESCUCHAR, VER Y PROCLAMAR

 

 
Ante la abundancia de informaciones en torno a nosotros, que nos llegan a través de los medios, de noticias reales, de medias verdades tendenciosas, de manipulaciones informativas, de auténticas falsedades… ¿cómo podemos discernir la verdad? ¿Cómo hacemos para no dejarnos influenciar y condicionar por estas noticias? Hoy en día no podemos vivir en un mundo paralelo: éste es nuestro mundo y es en este mundo que los cristianos hemos de introducir la Buena Noticia, el Evangelio. Y la huida del mundo no es, según mi opinión, el mejor método. Hay que “ingeniárselas” para transformar este mundo en un mundo mejor. Y creo que la prima lectura de este domingo en el Novus Ordo (XXIII T.Ord.)  nos da una pista para una solución extraordinaria: la muy sugestiva imagen del centinela. ¿Qué es y qué hace un centinela?
 
Esa imagen no es una novedad en la Biblia. Baste recordar el fragmento de Isaías 21 (Dinos, centinela, ¿qué ves en la noche?) Si normalmente un centinela era la persona apostada en la torre de la ciudad -día y noche- para vigilar los alrededores y avisar si se acercaba un enemigo, el centinela del que nos habla la Escritura no es el que escruta el horizonte para advertir la llegada de los enemigos políticos, sino más bien el que escruta los peligros y sabe discernir los acontecimientos y las realidades que nos acechan y que nos pueden invadir y debilitar como creyentes. Puede ser también la solución a tanta manipulación informativa. Reconducirnos al criterio de verdad de las cosas.

La primera misión del centinela es la escucha (“…cuando escucharás de mi boca una palabra”). Así pues, lo que debe saber hacer un centinela es escuchar. No sólo oír, no. En la oscuridad de la noche debe saber escuchar. El enemigo puede acercarse a oscuras: y si un centinela no sabe escuchar, tiene asegurada su ruina y la de toda la ciudad. Nuestro centinela “teológico” debe saber escuchar ante todo la Palabra de Dios. El contacto cotidiano con la Escritura es una guía segura. Además debe saber discernir en la escucha de cuantas noticias le llegan: saber individuar los intereses personales y económicos que se ocultan detrás de tantas informaciones aparentemente “veraces” que cada día encontramos en la prensa. 

En segundo lugar, un centinela debe saber ver. Si ha escuchado un ruido, debe individuar el peligro en la oscuridad. Si no oye el peligro y lo primero que le sucede es verlo, quizá sea demasiado tarde: el enemigo podría estar excesivamente cerca y no tener tiempo ya para tocar el cuerno, tocar la campana o hacer sonar la sirena para advertir a sus protegidos. El cristiano que escucha y ve, debe advertir especialmente a los que en la Iglesia tienen la misión de jefes, guías y pastores. Y para ello el centinela debe saber hablar. Es decir proclamar, transmitir, denunciar, advertir. Si se quiere, aquí podríamos hablar del testimonio. Pero este paso es posterior. Los que somos pastores (sacerdotes y obispos, pero también padres de familia y educadores) hemos de reconocer en esto, la altísima responsabilidad que sobre nosotros recae.

Hoy en día se ha trastocado este orden: se habla tantísimo, pero sin haber recorrido las dos primeras etapas: la de la escucha y la de la verificación y el discernimiento.
 
Tor Vergata- JMJ 2000

Junto a todo ello, en la imagen del centinela y de su misión podemos descubrir también una bella imagen de lo que es la parábola de la vida de fe. Éste se funda en primer lugar en la escucha de la Palabra: crece con ver, descubrir y contemplar la presencia de Dios en la Historia, y llega con la madurez del testimonio. Distorsionar esta sucesión podría llevarnos a una mistificación nociva de la fe o hacia un fundamentalismo peligroso; y la historia nos desvela cuán peligrosa puede resultar esa clase de fe.  Los diez leprosos del fragmento evangélico de Lucas (17,11-19) que nos presenta el domingo XIIIº desp. de Pentecostés, de bien cierto habían oído hablar del Señor: lo escucharon también personalmente, lo vieron y fueron en pos de Él, supieron dirigirse a Él, aunque sólo uno acabó toda la ruta, el recorrido de la fe. El Señor alabó la fe que salvó al leproso agradecido. Una fe que le fue don: seguramente porque había implorado bien y había rezado.

Que la invitación a orar nos conceda la triple gracia: la de la escucha, la de saber ver y por último la de testimoniar la belleza de vivir en Su presencia, la única cosa cierta, la única bella y verdadera noticia. ¡Ojalá todos nos convirtamos en centinelas del Tercer Milenio como el santo papa Juan Pablo II invitaba a los jóvenes en aquel encuentro de Tor Vergata!

Mn. Francesc M. Espinar Comas
Párroco del Fondo de Santa Coloma de Gramenet

Semana del 7 al 13 de septiembre

 


Dena

Intenciones de las Eucaristías. Durante la semana a las 20:00 horas.

Lunes: Javier San Román, hijo Emilio y Roberto.

Martes: Natividad de la Virgen María. Misa por la conversión y santificación de la Parroquia.

Miércoles: No habrá Misa.

Jueves: Por las Vocaciones a la Vida Sacerdotal, Religiosa y Misionera.

Viernes: Obligaciones del Celebrante.

Sábado: Por todos los difuntos de la Parroquia.

Domingo: Primera a las 9:00 por la Parroquia. Segunda a las 12:00 por José Da Silva Gaspar, madre y difuntos de la familia. Difuntos de la familia García San Miguel. Alberto. José María Ariza. Juan. Ángel García San Martín. Iñigo Lapetra y difuntos de las familias. Intenciones familia Arteaga Gómez de la Vega.

 

Villalonga

Intenciones de las Eucaristías. Durante la semana a las 19:00 horas.

Martes: A las 19:00 por la Parroquia.

Miércoles: A las 19:00 Reunión con los jóvenes de Confirmación.

Sábado: Tino Martínez Buezas y su padre. Carmen Buezas Fernández, da Arnosa. Samuel Souto Torres, esposa Silveria Buezas Pérez. Servando Buezas Radío, esposa Dolores Pérez Viñas. Antón Astray.

Domingo: A las 11:00 por José Troncoso Poceiro, 3º aniversario y esposa Sara Rodiño Padín. Carmen Poceiro y esposo José Troncoso, padres de José.

lunes, 31 de agosto de 2026

Domingo XXII del Tiempo Ordinario del Ciclo A

 

 
Comentario al Evangelio del Domingo XXII del Tiempo Ordinario del Ciclo A, realizado por el Papa Benedicto XVI, en el Angelus del Domingo 28 de agosto del año 2011

En el Evangelio de hoy, Jesús explica a sus discípulos que deberá «ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día» (Mt 16, 21). ¡Todo parece alterarse en el corazón de los discípulos! ¿Cómo es posible que «el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (v. 16) pueda padecer hasta la muerte? El apóstol Pedro se rebela, no acepta este camino, toma la palabra y dice al Maestro: «¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte» (v. 22). Aparece evidente la divergencia entre el designio de amor del Padre, que llega hasta el don del Hijo Unigénito en la cruz para salvar a la humanidad, y las expectativas, los deseos y los proyectos de los discípulos. Y este contraste se repite también hoy: cuando la realización de la propia vida está orientada únicamente al éxito social, al bienestar físico y económico, ya no se razona según Dios sino según los hombres (cf. v. 23). 

Pensar según el mundo es dejar aparte a Dios, no aceptar su designio de amor, casi impedirle cumplir su sabia voluntad. Por eso Jesús le dice a Pedro unas palabras particularmente duras: «¡Aléjate de mí, Satanás! Eres para mí piedra de tropiezo» (ib.). El Señor enseña que «el camino de los discípulos es un seguirle a él [ir tras él], el Crucificado. Pero en los tres Evangelios este seguirle en el signo de la cruz se explica también… como el camino del “perderse a sí mismo”, que es necesario para el hombre y sin el cual le resulta imposible encontrarse a sí mismo» (cf. Jesús de Nazaret, Madrid 2007, p. 337).


Como a los discípulos, también a nosotros Jesús nos dirige la invitación: «El que quiera venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga» (Mt 16, 24). El cristiano sigue al Señor cuando acepta con amor la propia cruz, que a los ojos del mundo parece un fracaso y una «pérdida de la vida» (cf. ib. 25-26), sabiendo que no la lleva solo, sino con Jesús, compartiendo su mismo camino de entrega. Escribe el siervo de Dios Pablo VI: «Misteriosamente, Cristo mismo, para desarraigar del corazón del hombre el pecado de suficiencia y manifestar al Padre una obediencia filial y completa, acepta... morir en una cruz» (Ex. ap. Gaudete in Domino, 9 de mayo de 1975: aas 67 [1975] 300-301).
 

Aceptando voluntariamente la muerte, Jesús lleva la cruz de todos los hombres y se convierte en fuente de salvación para toda la humanidad. San Cirilo de Jerusalén comenta: «La cruz victoriosa ha iluminado a quien estaba cegado por la ignorancia, ha liberado a quien era prisionero del pecado, ha traído la redención a toda la humanidad» (Catechesis Illuminandorum XIII, 1: de Christo crucifixo et sepultoPG 33, 772 b).

+ Benedicto XVI

Semana del 31 de agosto al 6 de septiembre

 

Dena  

Intenciones de las Eucaristías. Durante la semana a las 21:00 horas.

Lunes: Vicente Grandal, 4º aniversario.

Martes: No habrá Misa.

Miércoles: No habrá Misa.

Jueves: No habrá Misa.

Viernes: No habrá Misa.

Sábado: Carmen Valladares Currás y difuntos de la familia.

Domingo: Primera a las 9:00 por Aurora Insua Camaño, Lolita Camaño y difuntos de la familia. Isabel y Joaquín Martínez Acuña. Segunda a las 12:00 por los difuntos familia García San Miguel. José María Ariza. Alberto, Juan. Ángel García Martín. Iñigo Lapetra y difuntos de estas familias. Familia Arteaga Gómez de la Vega.

 

Villalonga

Intenciones de las Eucaristías. Durante la semana a las 20:00 horas.

Sábado: Jesús García Vázquez. Rosa Carballa Padín y esposo Juan López Piñeiro. Amelia Carballa Padín y esposo Guillermo Fernández Argibay. Francisco Germán Castro Álvarez, de Gondariño. Alicia Salgueiro Torres. Elisa Lamelas Torres y esposo José Prieto Vidal.

Domingo: A las 11:00 por Antonio Marqués, esposa y nieta.

domingo, 23 de agosto de 2026

Domingo 21 del tiempo Ordinario (Ciclo A)

 

 
De la Homilia pronunciada por el Papa Benedicto XVI el  domingo 21 de agosto de 2011, en Madrid, coincidiendo con la Jornada Mundial de la Juventud y con el Domingo 21 del tiempo Ordinario (Ciclo A)

Con la celebración de la Eucaristía llegamos al momento culminante de esta Jornada Mundial de la Juventud. Al veros aquí, venidos en gran número de todas partes, mi corazón se llena de gozo pensando en el afecto especial con el que Jesús os mira. Sí, el Señor os quiere y os llama amigos suyos (cf. Jn 15,15). Él viene a vuestro encuentro y desea acompañaros en vuestro camino, para abriros las puertas de una vida plena, y haceros partícipes de su relación íntima con el Padre.

Nosotros, por nuestra parte, conscientes de la grandeza de su amor, deseamos corresponder con toda generosidad a esta muestra de predilección con el propósito de compartir también con los demás la alegría que hemos recibido. Ciertamente, son muchos en la actualidad los que se sienten atraídos por la figura de Cristo y desean conocerlo mejor. Perciben que Él es la respuesta a muchas de sus inquietudes personales. Pero, ¿quién es Él realmente? ¿Cómo es posible que alguien que ha vivido sobre la tierra hace tantos años tenga algo que ver conmigo hoy?

En el evangelio que hemos escuchado (cf. Mt 16, 13-20), vemos representados como dos modos distintos de conocer a Cristo. El primero consistiría en un conocimiento externo, caracterizado por la opinión corriente. A la pregunta de Jesús: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?», los discípulos responden: «Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas». Es decir, se considera a Cristo como un personaje religioso más de los ya conocidos. Después, dirigiéndose personalmente a los discípulos, Jesús les pregunta: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Pedro responde con lo que es la primera confesión de fe: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo». La fe va más allá de los simples datos empíricos o históricos, y es capaz de captar el misterio de la persona de Cristo en su profundidad.

Pero la fe no es fruto del esfuerzo humano, de su razón, sino que es un don de Dios: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos». Tiene su origen en la iniciativa de Dios, que nos desvela su intimidad y nos invita a participar de su misma vida divina. La fe no proporciona solo alguna información sobre la identidad de Cristo, sino que supone una relación personal con Él, la adhesión de toda la persona, con su inteligencia, voluntad y sentimientos, a la manifestación que Dios hace de sí mismo. Así, la pregunta de Jesús: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?», en el fondo está impulsando a los discípulos a tomar una decisión personal en relación a Él. Fe y seguimiento de Cristo están estrechamente relacionados. Y, puesto que supone seguir al Maestro, la fe tiene que consolidarse y crecer, hacerse más profunda y madura, a medida que se intensifica y fortalece la relación con Jesús, la intimidad con Él. También Pedro y los demás apóstoles tuvieron que avanzar por este camino, hasta que el encuentro con el Señor resucitado les abrió los ojos a una fe plena.

Queridos jóvenes, también hoy Cristo se dirige a vosotros con la misma pregunta que hizo a los apóstoles: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Respondedle con generosidad y valentía, como corresponde a un corazón joven como el vuestro. Decidle: Jesús, yo sé que Tú eres el Hijo de Dios que has dado tu vida por mí. Quiero seguirte con fidelidad y dejarme guiar por tu palabra. Tú me conoces y me amas. Yo me fío de ti y pongo mi vida entera en tus manos. Quiero que seas la fuerza que me sostenga, la alegría que nunca me abandone.


En su respuesta a la confesión de Pedro, Jesús habla de la Iglesia: «Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». ¿Qué significa esto? Jesús construye la Iglesia sobre la roca de la fe de Pedro, que confiesa la divinidad de Cristo. Sí, la Iglesia no es una simple institución humana, como otra cualquiera, sino que está estrechamente unida a Dios. El mismo Cristo se refiere a ella como «su» Iglesia. No se puede separar a Cristo de la Iglesia, como no se puede separar la cabeza del cuerpo (cf. 1Co 12,12). La Iglesia no vive de sí misma, sino del Señor. Él está presente en medio de ella, y le da vida, alimento y fortaleza.


Queridos jóvenes, permitidme que, como Sucesor de Pedro, os invite a fortalecer esta fe que se nos ha transmitido desde los Apóstoles, a poner a Cristo, el Hijo de Dios, en el centro de vuestra vida. Pero permitidme también que os recuerde que seguir a Jesús en la fe es caminar con Él en la comunión de la Iglesia. No se puede seguir a Jesús en solitario. Quien cede a la tentación de ir «por su cuenta» o de vivir la fe según la mentalidad individualista, que predomina en la sociedad, corre el riesgo de no encontrar nunca a Jesucristo, o de acabar siguiendo una imagen falsa de Él.

Tener fe es apoyarse en la fe de tus hermanos, y que tu fe sirva igualmente de apoyo para la de otros. Os pido, queridos amigos, que améis a la Iglesia, que os ha engendrado en la fe, que os ha ayudado a conocer mejor a Cristo, que os ha hecho descubrir la belleza de su amor. Para el crecimiento de vuestra amistad con Cristo es fundamental reconocer la importancia de vuestra gozosa inserción en las parroquias, comunidades y movimientos, así como la participación en la Eucaristía de cada domingo, la recepción frecuente del sacramento del perdón, y el cultivo de la oración y meditación de la Palabra de Dios.

De esta amistad con Jesús nacerá también el impulso que lleva a dar testimonio de la fe en los más diversos ambientes, incluso allí donde hay rechazo o indiferencia. No se puede encontrar a Cristo y no darlo a conocer a los demás. Por tanto, no os guardéis a Cristo para vosotros mismos. Comunicad a los demás la alegría de vuestra fe. El mundo necesita el testimonio de vuestra fe, necesita ciertamente a Dios. Pienso que vuestra presencia aquí, jóvenes venidos de los cinco continentes, es una maravillosa prueba de la fecundidad del mandato de Cristo a la Iglesia: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación» (Mc 16,15). También a vosotros os incumbe la extraordinaria tarea de ser discípulos y misioneros de Cristo en otras tierras y países donde hay multitud de jóvenes que aspiran a cosas más grandes y, vislumbrando en sus corazones la posibilidad de valores más auténticos, no se dejan seducir por las falsas promesas de un estilo de vida sin Dios.

Queridos jóvenes, rezo por vosotros con todo el afecto de mi corazón. Os encomiendo a la Virgen María, para que ella os acompañe siempre con su intercesión maternal y os enseñe la fidelidad a la Palabra de Dios. Os pido también que recéis por el Papa, para que, como Sucesor de Pedro, pueda seguir confirmando a sus hermanos en la fe. Que todos en la Iglesia, pastores y fieles, nos acerquemos cada día más al Señor, para que crezcamos en santidad de vida y demos así un testimonio eficaz de que Jesucristo es verdaderamente el Hijo de Dios, el Salvador de todos los hombres y la fuente viva de su esperanza. Amén.

+ Benedicto XVI