domingo, 18 de febrero de 2024

Tiempo siempre de una nueva conversión.

 


Después de haber dado los primeros pasos como discípulos tras Jesús siguiendo el relato del evangelio de San Marcos, hemos iniciado el camino de la Cuaresma. Este nos hace recorrer las etapas decisivas del Señor hacia su Muerte y Resurrección, acompañados de los evangelistas Marcos y Juan. Sabemos que escuchar con atención la historia contada por los evangelistas, es para nosotros hoy el cauce para continuar nuestro camino de cristianos, renovar en la vida de cada día y de cada año nuestra fidelidad a Jesucristo e intentar parecernos un poco más a Él.
 
La primera etapa del camino de la Cuaresma nos lleva con Jesús al desierto, en estos cuarenta días que ha pasado lejos de todos y de todo. Lo ha hecho no tanto por una iniciativa personal suya, sino empujado por el Espíritu que ha descendido sobre Él en el momento de recibir el bautismo de conversión de parte de Juan Bautista. Continuando el mismo camino del bautismo, con el que toma sobre sus espaldas los pecados de su pueblo y de la humanidad, ahora Jesús repite, en un cierto modo, la experiencia del pueblo de Israel: para pasar de la esclavitud de Egipto a la libertad de la tierra prometida ha debido recorrer un largo camino de cuarenta años en el desierto, para aprender a confiar en el Señor su Dios, a obedecer su voluntad, a no ceder al miedo que le hacía añorar su Egipto, donde podía vivir tranquilo aunque esclavo. Así Jesús, como nuevo Israel, nuevo hijo de Dios, pasa cuarenta días en el desierto, tentado por Satanás, es decir por todo aquello que se opone a la voluntad de Dios. Marcos no especifica de qué tipo de tentaciones se trata, como hacen otros evangelistas. Lo hará mientras relata la historia sucesiva del Señor, cuando se enfrenta muchas veces con el diablo que tiene esclavizadas a las personas. Allí Jesús se mostrará como el más fuerte, aquel que con su palabra expulsa a los espíritus impuros: lo puede hacer porque como Hijo del Hombre, lo ha enfrentado en campo abierto, con sus fuerzas humanas y con la ayuda divina, tal como da a entender Marcos en los breves trazos con que describe el tiempo de Jesús en el desierto.
 
 
El fruto de la lucha con Satanás es para Jesús el inicio de su predicación, que Marcos resume en la famosa frase que concluye la perícopa del evangelio de hoy: ha llegado el tiempo de cumplir la alianza de Dios con la humanidad, su Reino se ha hecho cercano. Puede acoger esta alianza quien se convierte y cambia su modo de pensar y de actuar, fiándose del buen anuncio de Jesús. El primer paso decisivo lo ha dado Dios: se ha hecho cercano y permanece fiel a la promesa que había hecho en el inicio de los tiempos, la que escuchamos en la primera lectura, cuando Dios se compromete a  no castigar ya nunca más a la humanidad después del Diluvio. 
 
Dios mantiene su promesa de un modo del todo imprevisible, mandando a su Hijo sobre la tierra a cargar sobre sí mismo el sufrimiento y a combatir el mal presente en el mundo: solamente el amor puede abrir un camino tan novedoso. Aunque es totalmente un don, este amor únicamente puede alcanzar a quien libremente lo acoge: he aquí la razón por la cual Jesús llama a la conversión, es decir volver a Dios, rendirse ante su benevolencia, fiarse de Él. Para el cristiano, el signo visible de este retorno, de este confiarse, es el bautismo, del que nos habla Pedro en la segunda lectura: no es un gesto mágico, sino un gesto de fe con el que pedimos a Dios de manera sincera que su amor nos transforme. Pedimos entrar con Jesús en la muerte de nuestro hombre viejo, lo que en nosotros se opone a Dios, para renacer como hombres nuevos, capaces de vivir como Jesús.
 
 
Este es el camino de la vida cristiana que se inicia con el bautismo pero que no se concluye jamás. Esta es la razón por la que la pedagogía del año litúrgico nos presenta año tras año la oportunidad de la Cuaresma, como tiempo de una siempre nueva conversión: de retorno al origen de nuestro bautismo, es decir de nuestra opción por Dios y no por el mal. 

Francisco, el Papa, en su mensaje para la Cuaresma, nos invita a prestar atención a la tentación de la indiferencia, que nos lleva a olvidarnos de los demás y de sus sufrimientos, mientras nosotros estamos bien y estamos cómodos. Llama a toda comunidad de cristianos a convertirse en una isla de misericordia en medio del mar de la indiferencia. Invita a cada uno de nosotros a vivir la Cuaresma como un recorrido de formación del corazón, para dejar que el Espíritu Santo nos dé un corazón misericordioso, fuerte, cerrado para el Tentador y abierto a Dios. Un corazón pobre, que conoce las propias pobrezas y se vuelca en el otro. 

Semana del 19 al 25 de febrero.

 


Dena

Intenciones de las Eucaristías. Durante la semana a las 20:00 horas.

Lunes: Por José Méndez Torres.

Martes: A San Benito y a Santa Rita a intención de Mucha de Touriño.

Miércoles: Por la conversión de la Parroquia.

Jueves: Por la conversión de la Parroquia y vocaciones sacerdotales y religiosas.

Viernes: Ejercicio del Santo Vía Crucis. A las 20:30 Reunión de catequistas.

Sábado: Por Alfonso Rial Gondar. Lourdes Reboiras. María Dolores Castro Domínguez.

Domingo: Primera a las 9:00 por la Parroquia. Segunda a las 12:30. Por Etelvino Dopazo Lores. A las 18:00 horas reunión con los niños de primera comunión y sus padres.

 

Villalonga

Intenciones de las Eucaristías. Durante la semana a las 19:00 horas.

Martes: Por María Consuelo, esposo Cándido e hija Ana, de Lagarey.

Viernes: A las 18:00 primer aniversario de María Luisa González Fernández.

Sábado: Por María Lourdes García Lázaro y esposo Manuel; Manuel Aragunde Vieitez y esposa Carmen, de Rouxique; Juan García Tacón; Celia Caneda Padín y esposo José.

Domingo: Primera a las 10:30 por Juan Fernández Silva, das Pedreiras; Daniel Muñiz Pérez, María Padín Caneda, da Salgueira; Manuel Fandiño Conde, de Rouxique, Cielo Puente y Regina González, da Costiña. Segunda a las 11:30 por la Parroquia.

domingo, 11 de febrero de 2024

La piedad de Cristo sana inmediatamente

 


El relato del evangelio de este domingo VI “per annum” muestra una vez más la piedad del Señor hacia el prójimo que sufre. El leproso le suplica y se postra arrodillado y Jesús “apiadándose, extendió la mano y lo tocó”. Es un sencillo gesto de ternura hacia un hombre que, tal como sabemos, obviamente nadie tocaba y al que ni siquiera se acercaban. Aquel contacto físico pudiera parecerle al leproso casi una caricia y sin duda alguna un gesto de cercanía que se expresa de manera perentoria a la demanda de curación. “Lo quiero, queda limpio”. A quien está en la necesidad no se le tiene que hacer perder ni siquiera un momento. La piedad de Cristo cura inmediatamente: “y acto seguido la lepra lo dejó”. 
 
Con la misma inmediatez le intimó: “No se lo digas a nadie”. Le recomendó llevar la ofrenda al templo por la curación, como si el mérito fuese de otro. ¡Qué gran enseñanza para todos nosotros! Cómo se trasparenta aquí aquel “que no sepa tu derecha lo que hace tu izquierda” que nos es tan difícil de comprender. Aquel desapego de las propias acciones y de los propios méritos que no nos acaba de hacer comprender que somos únicamente siervos inútiles y que el bien que conseguimos hacer es únicamente mérito de Dios, que de nosotros se espera otra cosa, contando con todo aquello que nos ha donado. Preguntémonos cuántas veces se ha apiadado de nosotros y ni siquiera se lo hemos agradecido. 
 
 
El leproso no obró así. A pesar de cuanto se le había ordenado, “apenas salió, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones”. El Señor no va por ahí buscando aplausos, tanto que incluso evitaba entrar en las ciudades. Busca lo escondido, tanto “que se quedaba fuera, en descampado”. No obstante esto, su inmensa piedad hablaba de Él. Esta búsqueda del Señor parece una carrera para encontrarle. Indica el verdadero sentido de la vida. El sentido que sólo Él puede dar y que concede a quien lo busca con sincero corazón. Quien verdaderamente lo encuentra, no puede contener su felicidad y quiere hacer partícipe de ella a los demás. 
 
En el fragmento de San Lucas que leemos en el domingo de Quincuagésima, el ciego de Jericó grita reiteradamente y sin cesar pidiéndole a Jesús que tenga piedad de él: el Señor pide que se lo traigan delante y comienza con el infortunado un diálogo salvador que le lleva a la sanación y pone en relieve la fe de aquel invidente. Y acto seguido, apostilla el evangelista, le seguía dando gloria a Dios. Idéntica actitud de correspondencia. 
 
San Pablo (Pompeo Batoni 1742)
 
Pocos como San Pablo han comprendido el valor de esta búsqueda de manera que después del “encuentro”, para él vivir es vivir de Cristo. Por esa razón en la epístola de hoy puede afirmar: “seguid mi ejemplo, como yo sigo el de Cristo”. Entonces la vida se trasforma. Incluso las cosas más usuales y banales adquieren una perspectiva sagrada: “sea que comáis o bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios”. Esto es realmente el dar gracias y es lo que el Señor quiere de nosotros.  
 
El apóstol nos recuerda que Cristo únicamente nos pide una cosa: “no ser motivo de escándalo”. Les recomienda no sólo no escandalizar a los no-creyentes, sean éstos judíos o griegos, sino incluso a aquellos que forman parte de la “Iglesia de Dios”. Hay que ser edificantes respecto a todos. Aunque podemos preguntarnos qué es el escándalo. El apóstol nos da una respuesta, y al menos en este contexto nos recuerda qué es lo que él hace para no escandalizar: no busco “mi propio bien, sino el de ellos, para que todos se salven”. Esto es lo importante. Esa caridad sin límites que no pasa nunca. (I Cor. 13,12- epístola F. extraord.) 

Semana del 12 al 18 de febrero.

 

Dena

Intenciones de las Eucaristías. Durante la semana a las 20:00 horas.

Lunes: No habrá Misa.

Martes: No habrá Misa.

Miércoles: Miércoles de Ceniza. Comienza la Cuaresma. Día de ayuno y abstinencia. Misa por la Parroquia. Impondremos la ceniza.

Jueves: Por Alejandro Camaño Pérez y esposa. Benjamín Castro Minguilo.

Viernes: Ejercicio del Santo Vía Crucis.

Sábado: Por Feliciano Blanco Vidal; Ramón Tilve Blanco y difuntos de la familia; Manuel Domínguez Otero, madre, hermano y difuntos de la familia.

Domingo: Primera a las 9:00 por la Parroquia. Segunda a las 12:30 a la Virgen del Carmen. A las 18:00 Reunión en la iglesia para tratar la fiesta del Santísimo Sacramento.

 

Villalonga

Intenciones de las Eucaristías. Durante la semana a las 19:00 horas.

Miércoles: Miércoles de ceniza. Comienza la Cuaresma. Día de ayuno y abstinencia. Misa por Modesta Pombo Padín, esposo Valentín. Padres y hermanos. Manuela da Tomada y familia. Monserrat Gómez y esposo Juan. Se impondrá la ceniza a los que deseen recibirla.

Viernes: A las 19:00 Ejercicio del Santo Vía Crucis.

Sábado: Por Ricardo Tilve Varela. A la Virgen de los Milagros, una devota. Adoración Cacabelos, esposo José e hija Isabel; Elier Vázquez González; Elisa do Reiniño; Carmen do Novello.

Domingo: Primera a las 10:30 por las obligaciones del Celebrante. Segunda a las 11:30 por la parroquia.

domingo, 4 de febrero de 2024

SUPERAR EL SUFRIMIENTO CON FE Y ORACIÓN

 

“Toda la ciudad estaba reunida en la puerta… Jesús se retiró a un lugar desierto y allí oraba” La fiebre es una dolencia que todos conocemos. No obstante las vacunas gripales que muchos se administran, en invierno casi nadie evita tener un resfriado y en consecuencia un poco de fiebre. Y si no es a causa del resfriado será a causa de una pequeña infección; pero la experiencia de la fiebre la sufrimos de vez en cuando. 
La fiebre es una reacción, una señal que el cuerpo nos da cuando somos atacados por un virus o por algún otro peligro para nuestra salud. Sabemos que esta incomodidad lleva a una reacción del cuerpo: desgana, falta de fuerza, en una palabra, un fastidio. Pero sabemos sobre todo que la fiebre es un esfuerzo extra que hace el cuerpo para vencer a la enfermedad. Es un doloroso proceso de curación. He ahí por tanto que la enfermedad se convierte siempre en una prueba no sólo a nivel corporal sino también a nivel de la inteligencia y por tanto también de la fe.

La primera lectura del domingo V “per annum” nos sugiere precisamente eso. Todos conocemos lo sucedido a Job, gran protagonista de la prueba de fe durante el sufrimiento, al término del cual, la experiencia del encuentro autentico con el Señor le hace decir: “pongo la mano en la boca”, es decir “me callo”. La reacción del papa Francisco a una pregunta de una niña filipina fue muy provocativa: la niña le preguntó por qué hay tantos niños víctimas de abusos y por qué hay tan pocas personas dispuestas a ayudarles. El Papa admitió que aquella niña hizo la única pregunta a la cual es imposible responder sino con el estar callado y con la cercanía. Lo paradójico es que no basta sólo meditar ante el sufrimiento. Por muy profunda que sea la reflexión realizada, la mejor respuesta a su drama siempre será el silencio orante. 
 
Vemos en Jesucristo la misma actitud ante el sufrimiento de sus contemporáneos. El inciso del evangelio de la liturgia de este domingo “todos estaban a la puerta” es muy fuerte. Tomando en serio esta brevísima frase -típica del evangelista Marcos- me vienen a la mente las densas colas de enfermos que tantas y quizá demasiadas veces, acuden a los ambulatorios y hospitales con la esperanza de poder obtener de los médicos una solución a su enfermedad. Muchos facultativos encuentran inmediatamente la solución acabando con la fiebre, con el dolor y con cualquier otro síntoma. La experiencia nos dice que no pocas veces esta celeridad de algunos de ellos por ahuyentar el sufrimiento, a la larga resulta fatal. 
 
El próximo 11 de febrero -festividad de Nuestra Señora de Lourdes- será la Jornada Mundial de los Enfermos. En un mundo que rechaza sin escrúpulos a quienes no están a la altura de la lógica comercial, la realidad de tanto sufrimiento presente en el mundo no puede sino suscitar alguna reflexión -reitero: silenciosa, orante, respetuosa, pero también de fe- sobre aquello que es el gran misterio del sufrimiento: para la naturaleza, es el esfuerzo desesperado por superar un problema… a veces insoluble y de desenlace fatal. Misterio que aunque incomprensible para nosotros, tantas veces se demuestra como el misterio que hace que el sufrimiento se convierta en fecunda posibilidad para el crecimiento humano y para la fe. 

En cualquier caso, conviene recordar a San Juan Crisóstomo: “Nada más dulce que una buena conciencia y una fecunda esperanza”. Si en el sufrimiento hay esperanza (no echemos en olvido la esperanza espiritual), el sufrimiento se carga de valor y de sentido.
 

Personalmente no tengo soluciones para este drama. Como sacerdote encuentro tantos sufrimientos exteriores… pero son muchos más los interiores. Y éstos, más complicados que una enfermedad del cuerpo. Y me doy cuenta de que las palabras más que resolver lo que hacen es arruinar y malograr el interior de las personas. Tratamos de animar a no sucumbir, pero hemos de reconocer que somos impotentes y débiles para enfrentarnos al problema del dolor y del sufrimiento. No sé si es un intento de fuga -que no deberíamos realizar- pero miro al evangelio de este domingo y veo que el Señor fue probado por el sufrimiento de todos. Es cierto que cura a la suegra de Pedro, que cura alguna que otra persona: el evangelio dice 
muchos, no todos. ¿Cuántos de aquella muchedumbre que estaba a la puerta de la ciudad fueron curados y cuántos no?
Jesús se retira para orar, y justamente cuando le dicen que todos lo buscan, Él se retira a otra parte para predicar.

Seguramente todos encontramos situaciones de sufrimiento. A veces intentamos hacer algo, muchas veces fallamos. Pero siguiendo el ejemplo de Jesús parece que sí, que podemos hacer algo siempre al encontrarnos con el sufrimiento: dejarnos interpelar por el sufrimiento humano y hacer que éste encuentre eco en nuestro corazón y resuene en nuestra oración. No sé si esto puede ser una pista de reflexión: en otro lugar del evangelio, Jesús da una explicación a la existencia del sufrimiento: “No ha pecado ni él ni sus padres, es así para que en él se manifiesten las obras de Dios”. El poder de Dios para resistir el sufrimiento y para alcanzar la curación.
 
No sé si esto resulta consolador, pero creo que es necesario recordar que la glorificación de Jesucristo aconteció en la cruz, en el sufrimiento. Es aquí donde es necesario tener ojos para ver: los ojos de la fe. ¡Que el Señor nos ayude a enfrentarnos siempre al sufrimiento con fe y oración!

Semana del 5 al 11 de febrero.

 

Esta Semana se celebra Manos Unidas Campaña contra el hambre en el mundo. El viernes día 9, es el día del ayuno voluntario. Sábado y domingo colecta en favor de Manos Unidas contra el hambre en el mundo.

 

Dena

Intenciones de las Eucaristías. Durante la semana a las 20:00 horas.

Lunes: Por Isaura Cacabelos Vidal.

Martes: Por José García Fernández.

Miércoles: A San Blas a intención de Concepción Riveiro.

Jueves: Por Nélida Blanco Dopazo.

Viernes: Por los enfermos de la familia de Concepción Riveiro.

Sábado: Por Manuel Padín Suárez; Santos José Álvarez Bea; Ángel Manuel Santamaría Domínguez, padre y abuelo; Pura Dopazo Padín.

Domingo: Primera a las 9:00 por la Parroquia. Segunda a las 12:30 por las obligaciones del celebrante.

 

Villalonga

Intenciones de las Eucaristías. Durante la semana a las 19:00 horas.

Jueves: Por María Ana Méndez Casal, de Lagarey; Lola Leiro Méndez, de Piñeiros.

Sábado: Por Rosa Oubiña Radío, padres, hermanos y cuñados; Manuel Rey Otero y sus padres, de Rouxique; Manuel Torres Torres, esposa Elisa Otero Méndez e hijos fallecidos, da Arnosa.

Domingo: Primera a las 10:30 por Eulalia Múñiz Tacón, esposo Manuel, madre y hermanos. Segunda a las 11:30 por la Parroquia.

domingo, 28 de enero de 2024

LLAMADOS A DISCERNIR Y A DECIDIR A QUIEN ESCUCHAR

 


Tanto en la antífona de entrada de este domingo IV “per annum” (Sálvanos, Señor Dios nuestro) como en la propia del domingo de Septuagésima que es la que corresponde en la forma extraordinaria (Circumdederunt me gémitus mortis) la liturgia de la Iglesia eleva un clamor a Dios necesitada en medio de los peligros y angustias del mundo. Clama a fin de que Dios sea su salvación.
 
Si cada domingo nos reunimos ante el Señor es porque buscamos la salvación. Y este nuestro grito de auxilio viene respondido así: “El Señor, tu Dios, te suscitará un profeta como yo, de entre sus hermanos. A él le escucharéis”. Así pues somos enviados de nuevo hacia la voz y la palabra de un hermano al que hemos de prestar obediencia.
 
No es fácil, es cierto, pero este es el engaño en el que caemos muchos de nosotros y que se traduce en ese estribillo tantas veces escuchado: “Dios sí, la Iglesia no”. Muletilla banal de la que aquella parte “comprometida” del pueblo de Dios toma distancia. Aun así nosotros no somos siempre dóciles a las palabras de los hermanos que se nos proponen en virtud de su ministerio. ¿Conseguimos escuchar con facilidad en su voz, a veces frágil, la mismísima voz de Dios? ¿Vemos en la persona de aquel sacerdote del que conocemos “vida y milagros” un reflejo de la presencia de Dios? “Un profeta igual a Mí” dice el Señor. Ese hermano es igual a Él. Y no sólo eso: pondré en su boca mis palabras y él os dirá lo que yo os mandaré. Si alguien no escucha las palabras que él dirá en mi nombre, le pediré cuentas” Así pues, la cuestión es seria, está en juego nuestra salvación, la que hemos implorado en la antífona de entrada.
 
Es innegable que cuesta mucho ver el Rostro Santo de Dios en las llagas de los rostros humanos tantas veces marcados por las limitaciones, la fragilidad, incluso por el pecado, pecado a menudo trágicamente evidente. Pero echemos un vistazo al Evangelio. Los israelitas piadosos de Cafarnaún estaban asombrados al escuchar la enseñanza de Jesús en la sinagoga, asombro que muda en miedo después del milagro de la curación del endemoniado. En sus contemporáneos existe una dificultad para descubrir en el rostro de Jesús la el Rostro Santo de Dios. Dificultad muy a menudo expresada en los evangelios. (¿De dónde le viene esta sabiduría y estos prodigios? ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No es su madre María y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? ¿Y sus hermanas no están acaso entre nosotros? ¿De dónde le vienen pues estas cosas? 
 

Lo dice muy bien San Francisco de Asís en una exhortación a sus hermanos: “Dios es espíritu, y nadie jamás ha visto a Dios. Por esa razón sólo puede ser visto en el Espíritu, pues es el Espíritu el que da la vida; la carne no sirve para nada. Pero incluso el Hijo, en aquello en lo que es igual al Padre, no es visto por nadie de manera diversa a como se contempla al Padre o como se ve el Espíritu Santo” (
Admonitio 5b-7). Si razonamos en términos puramente humanos, horizontales, según valoraciones puramente racionales y lógicas, según la lógica del mundo, no seremos capaces de ver “más allá”: aquel más allá que únicamente en el Espíritu puede ser acogido y que necesita un acto de fe, justamente porque no puede ser explicado según una lógica terrena, carnal diría San Francisco, donde “carnal” significa todo lo que se opone al Espíritu.
 
Quizás podamos entender el sentido de este discurso a partir de la 2ª lectura de hoy, donde San Pablo compara la lógica del mundo y la del Señor. No se trata de etiquetar al matrimonio como de una realidad contrapuesta al Espíritu del Señor, sino más bien hacer comprender que la vida matrimonial tiene aspectos que pueden provenir de la mundanidad y distraernos de la búsqueda sólo de Dios. Quien en cambio escoge el camino de la castidad tiene cómo única preocupación el complacer a Dios. Repito: el matrimonio es bueno pero hay que establecer una justa escala de prioridades en las opciones de vida, privilegiando aquello que nos consiente permanecer fieles al Señor, sin desviaciones. Y en el matrimonio entra en juego un componente carnal, absolutamente necesario, que no es fácil someter a la ley del Espíritu, aquel Espíritu que da la vida. Esta lucha acompaña al cristiano durante toda su vida: el pensamiento del mundo y el pensamiento de Dios, la mirada de fe y la mirada terrena, la voz del Espíritu y la voz de la carne. Continuamente somos llamados a discernir y posteriormente a decidir a quién escuchar. Y no es fácil, reitero, porque la carne hace de diafragma y puede crear interferencias.
 
Lo demuestra el mismo evangelio de hoy, en la reacción del espíritu inmundo a la palabra de Jesús. Frente a la enseñanza autorizada de Jesús, mientras los judíos enmudecen de asombro y buscan poder comprender, el espíritu inmundo no puede dominar un desesperado, desde su punto de vista, acto de fe: “Sé quién eres Tú: el Santo de Dios”. Y para él ello implica ruina y derrota. El espíritu inmundo es espíritu y por ello puede captar nítidamente y con inmediatez lo que a nosotros nos cuesta reconocer, limitados como seres carnales que somos y empujados a una lucha interior en vistas a un discernimiento a veces muy difícil.

De la misma manera, tal como narran los exorcistas, los espíritus inmundos tiemblan y se someten ante los ministros de Dios, justamente ante aquellos ante los que muchas veces adoptamos una perpleja actitud de incredulidad, porque son hombres y frágiles como nosotros. Nosotros vemos la fragilidad de la carne, el demonio ve la gracia del Espíritu.
 

Resulta curioso pues que el espíritu del mal, una vez más obligado a servir al diseño de Dios, hoy nos hace de maestro de fe y nos enseña la escucha y la sumisión ante aquellos que Dios ha escogido en medio a su pueblo como sus profetas.
 
En este domingo de Septuagésima, en la forma extraordinaria del rito romano, la figura del invicto mártir San Lorenzo, ecónomo de la Iglesia de Roma, parece ser el reflejo del “atleta de la fe” del que nos habla la epístola (I Co 9,24-27/ I Co 10,1-5) que a través del sufrimiento y la lucha gana la corona eterna, simbolizada en el talento que será dado como recompensa a los trabajadores de su mística viña. (Mat. 20,1-16)