lunes, 26 de octubre de 2026

UN REINO DE AMOR Y PERDÓN, DE JUSTICIA Y VERDAD

 

 
Amar a tu prójimo de la misma manera como tú has sido amado de Dios. Ese es el reto y la responsabilidad de la vida cristiana. Cuesta descubrir y aceptar que el perdón recibido de Dios se convierta en condición previa para poder ofrecer el perdón a los demás. Es la idea del don recibido que deviene en nosotros capacidad y libre compromiso para transformar nuestra vida en donación. Es como si Dios nos dijese: “Lo que gratuitamente habéis recibido, dadlo gratis” (Mt. 10,8).

La memoria de lo que Dios ha hecho en nuestra vida debería convertirse en sabiduría y comprensión de las situaciones de los demás: porque sabemos cómo son de difíciles las cosas, ayudamos a los demás en sus dificultades. Siempre y con alegría.

La 3ª ley de la dinámica de Newton dice: “A toda acción corresponde una reacción igual y contraria”. Esta ley de la dinámica en psicología, y ya desde los tiempos de Freud, ha sido tan admitida como discutida. Si recibo un puñetazo, me encontraré descompensado psicológicamente hasta que lo devuelva. El mal recibido (acción) me causará un déficit que únicamente lo podré compensar restituyéndolo (reacción), posiblemente en la misma intensidad y a la misma persona de quien lo he recibido. 

En la 2ª carta a los Tesalonicenses, San Pablo niega en el ámbito de la vida espiritual y psicológica, esta ley newtoniana y enuncia la 1ª ley del Espíritu Santo: “Habéis acogido la Palabra en medio de grandes pruebas, con el gozo del Espíritu Santo”. Por muy grandes que sean las pruebas, no hay ningún argumento para rebelarse buscando compensar el desequilibrio causado por los sufrimientos recibidos. “El ejemplo del Señor” del que san Pablo habla en la 2ª lectura, es la resignación: es decir la capacidad de “atravesar el signo”(trans-signum) de leer el sufrimiento vivido a la luz de la fe.

San Francisco dando limosna

Este tipo de respuesta amorosa, contrariamente a la 3ª ley de Newton, produce gozo, paz, deseo de bien. La fe lleva a una nueva alianza con la vida, fundada en el abandono confiado. Ningún deseo de reacción hacia aquel que ha sido el causante del dolor (incluso hasta Dios, según nuestra interpretación equivocada) ninguna necesidad de compensación psicológica o emotiva; sólo la fe, que se convierte en confianza en Uno que conocemos personalmente y cuyo ejemplo nos guía e inspira.  La lógica del amor cristiano, pues, tira por tierra las categorías humanas de compensación/desequilibrio. Hay más gozo en dar que en recibir. “Es dando como realmente se recibe” dirá San Francisco. Es amando siempre, incluso en las pruebas, como se experimenta el Amor.

El Amor es la plenitud de la Ley. La respuesta de Jesús a la pregunta de los fariseos, no se pierde en los meandros de las interpretaciones, de las discusiones especializadas, de la casuística de las diferentes escuelas. Al entregarnos a su Hijo en el sacrificio de la Cruz, Dios ha revelado lo que Él es: Amor. Hemos de colocar  en la base de nuestro obrar el amor por el prójimo. En esa dimensión, un grito de un padre a un hijo podrá ser un acto de amor; mientras al contrario, ser amables sin amor puede ser únicamente un comportamiento interesado, como podría darse entre un comerciante y su cliente.

 
De aquí la invitación de San Agustín: “Dilige et quod vis fac” (Ama y haz lo que quieras). No una exaltación del sentimiento y del capricho, sino una exhortación a la responsabilidad por el bien del prójimo.

Para nosotros cristianos, la memoria de lo que Dios ha hecho y de cuánto nos ha amado, ha de ser estímulo cotidiano para amar. La presencia del Espíritu nos guie a amar con gozo también en los momentos de prueba. Y que el amor hacia Dios y el prójimo sean la regla suprema de vida y el punto de referencia de toda elección.

Este es el reino de amor y perdón, de justicia y verdad que queremos anticipar en la tierra, el reinado de Cristo en las almas y entre los pueblos. 

Mn. Francesc M. Espinar Comas
Párroco del Fondo de Santa Coloma de Gramenet

Semana del 26 de octubre al 1 de noviembre

 

Dena

Intenciones de las Eucaristías. Durante la semana a las 20:00 horas.

Lunes: Elisa Valladares Fernández. Manuel Valladares Fernández y sus padres. Divina Outón Tarela y difuntos de la familia.

Martes: No habrá Misa.

Miércoles: Obligaciones del Celebrante.

Jueves: Por los enfermos y ancianos de la Parroquia.

Viernes: No habrá Misa.

Sábado: Encarnación Palomares Rodríguez. Ángel Moraña Laredo. María Luisa Ruel Méndez. Esperanza Esperón Camiña.

Domingo: Día de Todos los Santos. Primera a las 9:00 por todos los difuntos. A las 17:00 Visita a los cementerios. Después Misa por todos los difuntos.

 

Villalonga

Intenciones de las Eucaristías. Durante la semana a las 19:00 horas.

Martes: Alicia Buezas Besada. Francisco Rodríguez Medrano.

Jueves: A las 19:00 Comienza la Novena de Animas. A las 18:45 Rosario, Novena y Misa por todos los difuntos. Durante la Novena no se dicen intenciones particulares.

Viernes: A las 18:45 Rosario, Novena y Misa por todos los difuntos.

Sábado: A las 18:45 Rosario, Novena y Misa por todos los difuntos.

Domingo: Día de Todos los Santos. A las 11:00 Misa por todos los difuntos. Después de la Misa visita a los cementerios. A las 19:00 Misa por todos los difuntos.

domingo, 18 de octubre de 2026

Domingo XXIX del Tiempo Ordinario

 


Comentario a las lecturas del domingo XXIX del Tiempo Ordinario, que realizó el Papa Benedicto XVI el 16 de Octubre de 2011 en la basílica de San Pedro del Vaticano

La primera lectura, tomada del libro de Isaías, nos dice que Dios es uno, es único; no hay otros dioses fuera del Señor, e incluso el poderoso Ciro, emperador de los persas, forma parte de un plan más grande, que sólo Dios conoce y lleva adelante. Esta lectura nos da el sentido teológico de la historia: los cambios de época, el sucederse de las grandes potencias, están bajo el supremo dominio de Dios; ningún poder terreno puede ponerse en su lugar. La teología de la historia es un aspecto importante, esencial de la nueva evangelización, porque los hombres de nuestro tiempo, tras el nefasto periodo de los imperios totalitarios del siglo XX, necesitan reencontrar una visión global del mundo y del tiempo, una visión verdaderamente libre, pacífica, esa visión que el concilio Vaticano II transmitió en sus documentos, y que mis predecesores, el siervo de Dios Pablo VI y el beato Juan Pablo II, ilustraron con su magisterio.


La segunda lectura es el inicio de la Primera Carta a los Tesalonicenses, y esto ya es muy sugerente, pues se trata de la carta más antigua que nos ha llegado del mayor evangelizador de todos los tiempos, el apóstol san Pablo. Él nos dice ante todo que no se evangeliza de manera aislada: también él tenía de hecho como colaboradores a Silvano y Timoteo (cf. 1 Ts 1, 1), y a muchos otros. E inmediatamente añade otra cosa muy importante: que el anuncio siempre debe ir precedido, acompañado y seguido por la oración. En efecto, escribe: «En todo momento damos gracias a Dios por todos vosotros y os tenemos presentes en nuestras oraciones» (v. 2). El Apóstol asegura que es bien consciente de que los miembros de la comunidad no han sido elegidos por él, sino por Dios: «él os ha elegido», afirma (v. 4). Todo misionero del Evangelio siempre debe tener presente esta verdad: es el Señor quien toca los corazones con su Palabra y su Espíritu, llamando a las personas a la fe y a la comunión en la Iglesia. Por último, san Pablo nos deja una enseñanza muy valiosa, extraída de su experiencia. Escribe: «Cuando os anuncié nuestro Evangelio, no fue sólo de palabra, sino también con la fuerza del Espíritu Santo y con plena convicción» (v. 5). La evangelización, para ser eficaz, necesita la fuerza del Espíritu, que anime el anuncio e infunda en quien lo lleva esa «plena convicción» de la que nos habla el Apóstol. Este término «convicción», «plena convicción», en el original griego, es pleroforía: un vocablo que no expresa tanto el aspecto subjetivo, psicológico, sino más bien la plenitud, la fidelidad, la integridad, en este caso del anuncio de Cristo. Anuncio que, para ser completo y fiel, necesita ir acompañado de signos, de gestos, como la predicación de Jesús. Palabra, Espíritu y convicción —así entendida— son por tanto inseparables y concurren a hacer que el mensaje evangélico se difunda con eficacia.


Nos detenemos ahora en el pasaje del Evangelio. Se trata del texto sobre la legitimidad del tributo que hay que pagar al César, que contiene la célebre respuesta de Jesús: «Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios» (Mt 22, 21). Pero antes de llegar a este punto, hay un pasaje que se puede referir a quienes tienen la misión de evangelizar. De hecho, los interlocutores de Jesús —discípulos de los fariseos y herodianos— se dirigen a él con palabras de aprecio, diciendo: «Sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad, sin que te importe nadie» (v. 16). Precisamente esta afirmación, aunque brote de hipocresía, debe llamar nuestra atención. Los discípulos de los fariseos y los herodianos no creen en lo que dicen. Sólo lo afirman como una captatio benevolentiae para que los escuche, pero su corazón está muy lejos de esa verdad; más bien quieren tender una trampa a Jesús para poderlo acusar. 

Para nosotros en cambio, esa expresión es preciosa y verdadera: Jesús, en efecto, es sincero y enseña el camino de Dios según la verdad y no depende de nadie. Él mismo es este «camino de Dios», que nosotros estamos llamados a recorrer. Podemos recordar aquí las palabras de Jesús mismo, en el Evangelio de san Juan: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (14, 6). Es iluminador al respecto el comentario de san Agustín: «era necesario que Jesús dijera: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” porque, una vez conocido el camino, faltaba conocer la meta. El camino conducía a la verdad, conducía a la vida… y nosotros ¿a dónde vamos sino a él? y ¿por qué camino vamos sino por él?» (In Ioh 69, 2). Los nuevos evangelizadores están llamados a ser los primeros en avanzar por este camino que es Cristo, para dar a conocer a los demás la belleza del Evangelio que da la vida. Y en este camino, nunca avanzamos solos, sino en compañía: una experiencia de comunión y de fraternidad que se ofrece a cuantos encontramos, para hacerlos partícipes de nuestra experiencia de Cristo y de su Iglesia. Así, el testimonio unido al anuncio puede abrir el corazón de quienes están en busca de la verdad, para que puedan descubrir el sentido de su propia vida.


Una breve reflexión también sobre la cuestión central del tributo al César. Jesús responde con un sorprendente realismo político, vinculado al teocentrismo de la tradición profética. El tributo al César se debe pagar, porque la imagen de la moneda es suya; pero el hombre, todo hombre, lleva en sí mismo otra imagen, la de Dios y, por tanto, a él, y sólo a él, cada uno debe su existencia. Los Padres de la Iglesia, basándose en el hecho de que Jesús se refiere a la imagen del emperador impresa en la moneda del tributo, interpretaron este paso a la luz del concepto fundamental de hombre imagen de Dios, contenido en el primer capítulo del libro del Génesis. Un autor anónimo escribe: «La imagen de Dios no está impresa en el oro, sino en el género humano. La moneda del César es oro, la de Dios es la humanidad… Por tanto, da tu riqueza material al César, pero reserva a Dios la inocencia única de tu conciencia, donde se contempla a Dios… El César, en efecto, ha impreso su imagen en cada moneda, pero Dios ha escogido al hombre, que él ha creado, para reflejar su gloria» (Anónimo, Obra incompleta sobre Mateo, Homilía 42). Y san Agustín utilizó muchas veces esta referencia en sus homilías: «Si el César reclama su propia imagen impresa en la moneda —afirma—, ¿no exigirá Dios del hombre la imagen divina esculpida en él? (En. in Ps., Salmo 94, 2). Y también: «Del mismo modo que se devuelve al César la moneda, así se devuelve a Dios el alma iluminada e impresa por la luz de su rostro… En efecto, Cristo habita en el interior del hombre» (Ib., Salmo 4, 8).

Esta palabra de Jesús es rica en contenido antropológico, y no se la puede reducir únicamente al ámbito político. La Iglesia, por tanto, no se limita a recordar a los hombres la justa distinción entre la esfera de autoridad del César y la de Dios, entre el ámbito político y el religioso. La misión de la Iglesia, como la de Cristo, es esencialmente hablar de Dios, hacer memoria de su soberanía, recordar a todos, especialmente a los cristianos que han perdido su identidad, el derecho de Dios sobre lo que le pertenece, es decir, nuestra vida.

Semana del 19 al 25 de octubre

 


Dena

Durante la semana a las 20:00 horas.

Lunes: Enfermos y ancianos de la Parroquia.

Martes: No habrá Misa.

Miércoles: Niños, adolescentes y jóvenes.

Jueves: Vocaciones a la Vida Sacerdotal, Religiosa y Misionera.

Viernes: Por la Paz y Concordia entre las familias.

Sábado: Dolores Serén Cores. Hermanos Touriño Méndez y sus padres. Albino Fernández Méndez y difuntos de la familia. Hermanos Torres Sineiro. Manuel Salgueiro Blanco.

Domingo: Primera a las 9:00 por la Parroquia. Segunda a las 12:30 por Manuel Cousido Besada. Miguel Duarte Gómez. Ángel García Martin. Iñigo Lapetra, difuntos de ambas familias. Intenciones familia Arteaga Gómez de la Vega. Manuel Blanco Vidal y sus padres.

Ha comenzado la catequesis.

 

Villalonga

Durante la semana a las 19:00 horas.

Jueves: Vocaciones a la Vida Sacerdotal, Religiosa y Misionera.

Sábado: Ana María Garrido Troncoso. Amancio Méndez Fernández. Pastora Valladares Soto. Francisco Manuel Domínguez Freile. Luis García Vidal y difuntos de la familia.

Domingo: A las 10:30 por José Martínez Troncoso, padres José Manuel Martínez Carballa y Ana Troncoso Poceiro. Carmen Fandiño Conde. Manuel Prieto Tacón y esposa Josefa Bouzada. Ana Isabel y abuelos Florinda y Antonio. Manuel Prado Graña, Francisco Castro Radío. José Pérez Radío, José Benito Radío Pérez. A las 11:30 Misa por la Parroquia.

Ha comenzado la catequesis.

domingo, 11 de octubre de 2026

LA REBELIÓN DE LOS “EUNUCOS POR EL REINO DE LOS CIELOS”

 

 
Porque hay eunucos que así nacieron desde el seno de su madre, y hay eunucos que fueron hechos eunucos por los hombres, y también hay eunucos que a sí mismos se hicieron eunucos por causa del reino de los cielos. El que sea capaz de hacer esto, que lo haga (ho dynámenos joréin, joréito).
Mateo 19:12

Voy dándole vueltas a la idea de extenderme (no en Gérminans, claro está) en torno a la idea de que el famosísimo “Contrato Social” tiene como fundamento natural inexorable, el “Contrato Sexual”, que hoy está de capa caída. Y pensé que sería interesante, dentro de este tema, dedicar una reflexión al auge que ha adquirido en esta época conflictiva el distanciamiento sexual del hombre respecto a la mujer (el Creador, desde el principio, macho y hembra los hizo), sintetizado este distanciamiento en el movimiento gay, el del “tercer sexo”: con toda la carga sociológica y legal y los infinitos flecos que arrastra consigo. Y me pareció que un buen título para este capítulo, sería “La rebelión de los eunucos”. 

Y claro, ya metido en harina, al centrarme en el fenómeno de los eunucos, me tropiezo de inmediato con el texto de Mateo arriba transcrito. Al ir a trabajarme ese texto, lo que me llama la atención en primer lugar es su contexto: la trampa de los Fariseos a Jesús preguntándole si es lícito repudiar a la mujer por cualquier causa (lo que hoy llamamos divorciarse). Y resulta que son los mismos discípulos los que, tras la explicación de Jesús, responden: si así es la causa (aitía) del hombre con relación a la mujer (metá tés gynaikós), no sale a cuenta (u symférei) casarse. Y es aquí cuando sigue con el texto sobre los eunucos transcrito al inicio. Es decir que ahí en el Evangelio de Mateo, sale lo de los eunucos a cuenta de lo difícil que se les pone el matrimonio a los hombres de esa época, porque no tienen fin las trabas para repudiar a la mujer por cualquier causa. Si no sale a cuenta casarse, hay que pensar en tirar por el camino del medio, hacerse eunuco (que, ¡vaya por dónde!, se empleaba también entonces como sinónimo de afeminado) voluntariamente y por una buena causa: el reino de los cielos. Y resulta que sí, que hay un deslizamiento de significado en ese sentido, en el entorno de los que “se han hecho eunucos por el reino de los cielos”. No tengo interés en tirar de este hilo que pone en el mismo plano al que renuncia a casarse y al afeminado.  

Y aquí estamos metidos de lleno en el debatidísimo tema del celibato sacerdotal. Y no es casualidad que el término evangélico sea “hacerse eunuco”, porque precisamente el concepto de “eunuco” tiene connotaciones históricas que trascienden la mera cuestión sexual. Por eso me ha parecido interesante dedicar un articulillo a este tema bajo el título que aparece encabezándolo. Porque sobre los que me interesa hablar, es sobre los que se da por entendido que se han hecho eunucos por el reino de los cielos.
 
 
La etimología más comúnmente aceptada de eunuco, es la que entiende el término formado por dos elementos: “euné”, que sería el lecho en su connotación placentera, y “éjo”, (tener). Con lo que el eunuco sería el esclavo cuyo oficio es guardar el lecho. En los harenes era un varón (raro que no fuese una mujer; en los prostíbulos es la madame la regenta de las mujeres públicas). En cualquier caso, castrado. Eunuco.

¿Hay alguna duda de que el sacerdote (y la Iglesia en general) no ejerce precisamente de Álex-andrós (defensor del varón), sino de Álex-gynaikós (defensor de la mujer? No hay que darle muchas vueltas al argumento para llegar a esa conclusión. No hay más que ver los términos en que los Fariseos le plantean el tema a Jesús, y cómo acaba el debate con la reflexión de los discípulos, para entender la feroz tendencia al abuso por parte de los hombres. Sí, casarse, pero sin perder el derecho a repudiar a la mujer (divorciarse) con cualquier pretexto (katá pásan aitían), pretendían los Fariseos; excepto por prostitución (me epí pornéia), les responde Jesús. Sólo si la mujer se prostituye, es lícito el repudio.

Y se evidencia también que la gran beneficiada institucionalmente por el matrimonio, es la mujer. Y que, consiguientemente, la más perjudicada por el desmantelamiento de esta institución es también la mujer (además de los hijos, cuando los hay). El hecho de que hoy, en la mayoría de los divorcios que se producen, y además con cualquier pretexto (katá pásan aitían), la iniciativa sea de la mujer, no descalza para nada el principio de que el matrimonio se instituyó y se defendió en beneficio de la mujer. No hay más que ver que a lo largo de la historia de nuestra civilización, era lamentabilísima la suerte de la mujer que quedaba fuera del matrimonio: era el ejercicio activo de la prostitución. Es oportuno recordar aquí el dicho ése de “pasar más hambre que una puta en cuaresma”. Hasta en el ámbito de la prostitución se practicaba la abstinencia de las actividades carnales. Al caso, la Iglesia fue (ya no lo es) la gran defensora del matrimonio, siendo la mujer, la máxima beneficiaria de la defensa de esta instirución. 
 

Y bueno, eso de que no sale a cuenta casarse (u symférei gaméin), lo tienen ya asumido la mayoría de los hombres en edad de casarse. Y aquí es de nuevo la mujer, aunque de otro modo, la más perjudicada. Creo que es poco discutible que el matrimonio se diseñó pensando especialmente en beneficiarla a ella.

¿Y qué está pasando en la Iglesia con los que se hicieron eunucos a sí mismos por causa del reino de los cielos? Visto por dónde van las transgresiones a este compromiso, parece que un gran número de los transgresores han optado por el sinónimo de “afeminado”, que lleva hoy otras connotaciones más coloridas y un potente aparato propagandístico también en la Iglesia. Un número menor de transgresores se ha quedado en las transgresiones que en otros tiempos fueron las mayoritarias. Mientras que es de suponer que la gran mayoría de los que adoptaron el compromiso de hacerse eunucos por causa del reino de los cielos, es decir los que al abrazar el sacerdocio aceptaron el celibato a él vinculado, se mantienen fieles a su compromiso.

Vuelve a discutirse en la Iglesia la oportunidad del celibato sacerdotal. Y de paso, del sacerdocio femenino. Y, como en tantas otras cuestiones, se considera mejor opción renunciar a él: es la inclinación tan progresista del cambio por el cambio como sinónimo infalible de progreso. Y todo, bajo el supuesto de que no tiene buena pinta que la Iglesia se ocupe excesivamente del sexo, como no sea para abrir de par en par las puertas a todo género de transgresiones. Pues no, resulta que no es bueno que la Iglesia renuncie a la defensa del lecho (del lecho matrimonial), y de paso, del matrimonio. Y eso, evidentemente, los hombres de Iglesia están en mejores condiciones de hacerlo desde su condición de eunucos, de célibes (por causa del reino de los cielos, ¡claro!) 

Virtelius Temerarius   

Semana del 12 al 18 de octubre

 


Dena

Intenciones de las Eucaristías. Durante la semana a las 20:00 horas.

Lunes: Javier Sanromán, hijo Emilio y Roberto. José Da Silva Gaspar.

Martes: Elias Torres Vidal y sus padres. Elisa Arosa Méndez, esposo y difuntos de la familia.

Miércoles: No habrá Misa.

Jueves: Alicia García Fariña.

Viernes: María Isabel Martínez Díaz.

Sábado: Tomás Outón Cacabelos. Manuel Domínguez Serén y esposa Divina Méndez Meis.

Domingo: Primera a las 9:00 por la Parroquia. Segunda a las 12:30 por Ángel García Martín. Iñigo Lapetra, difuntos de ambas familias. Intenciones familia Arteaga Gómez de la Vega.

 

Villalonga

Intenciones de las Eucaristías. Durante la semana a las 19:00.

Lunes: A la Virgen del Pilar, por la Parroquia.

Martes: Inocente Otero Fernández, esposa Elisa e hijos fallecidos.

Jueves: Manuel Souto Fernández, Esmeralda Portela Vázquez, Adoración Souto Portela, Albino Chan Padín, da Bruñeira, Manuel Fernández Casal, Cándida Garrido Limeres, Manuel Fernández Garrido, da Salgueira.

Sábado: Juan Salgueiro. Jacinto Casal Soutullo. Gonzalo Martínez Martínez y difuntos de la familia. Marina Otero Carballa y esposo Chan. Juan Camiña Lamelas y esposa, da Bruñeira.

Domingo: A las 10:30 por Carmen Estévez Filgueira. Carmen Buezas Besada. A las 11:30 por la Parroquia.

domingo, 4 de octubre de 2026

UNA VIÑA CUIDADA CON AMOR

 


Jesús presenta la imagen de un propietario que planta una viña, la rodea con una cerca, cava un lagar, construye una torre y la entrega a unos viñadores. No abandona un terreno cualquiera. Prepara cuidadosamente un lugar para que dé fruto. La viña es signo de una historia de amor, de confianza y de responsabilidad.Así obra Dios con nuestra vida. No nos entrega una existencia vacía o sin sentido. Nos confía dones, vínculos, oportunidades, fe, tiempo, capacidades, personas a quienes amar, caminos donde servir. Todo eso es una viña recibida. Nada de lo verdaderamente importante nos pertenece como dueños absolutos.

Esta imagen nos invita a agradecer, pero también a despertar. La vida que tenemos no es solo para conservarla, defenderla o usarla según nuestro capricho. Es una viña llamada a dar fruto. Dios espera de nosotros frutos de justicia, misericordia, fidelidad, perdón, servicio y amor concreto.


Los viñadores de la parábola actúan como si la viña fuera suya. Cuando llegan los servidores del dueño para recoger los frutos, los maltratan y los rechazan. Luego hacen lo mismo con otros enviados. Finalmente, cuando llega el hijo, deciden matarlo para quedarse con la herencia.

El pecado profundo de estos viñadores es la apropiación. Recibieron algo confiado, pero se comportaron como dueños. Esa tentación también puede entrar en nuestro corazón. Podemos apropiarnos de la vida, de los bienes, de los talentos, de la familia, de una responsabilidad, incluso de la fe, como si todo existiera solo para nosotros.

Cuando olvidamos que Dios es el Dueño, aparecen la soberbia, la dureza y la ingratitud. Dejamos de escuchar sus llamados. Rechazamos correcciones. Nos molesta que alguien nos recuerde lo que debemos cambiar. Queremos los frutos, pero no queremos rendir cuentas.


La parábola llega a su punto más doloroso cuando el dueño envía a su hijo. Piensa que lo respetarán, pero los viñadores lo sacan fuera de la viña y lo matan. Jesús está anunciando su propia pasión. Él es el Hijo enviado por el Padre, rechazado por quienes no quieren entregar los frutos de una vida convertida.

Esta escena nos pone frente al misterio del amor de Dios. El Padre no deja de enviar. Insiste, llama, busca, espera. Su paciencia parece desmedida. Pero el rechazo al Hijo revela hasta dónde puede llegar un corazón cerrado cuando no quiere perder el control.

También nosotros podemos rechazar a Cristo de maneras más silenciosas. No necesariamente con violencia abierta, sino cuando no escuchamos su Palabra, cuando postergamos la conversión, cuando preferimos nuestras seguridades, cuando defendemos actitudes que sabemos que no dan fruto, cuando dejamos a Dios fuera de decisiones importantes.

Jesús recuerda que la piedra desechada por los constructores se convierte en piedra angular. Lo que los hombres rechazan, Dios lo transforma en fundamento. La cruz, que parecía derrota, será lugar de victoria. El Hijo rechazado será el centro de una vida nueva.


Esta palabra es exigente y esperanzadora. Exigente, porque Jesús advierte que el Reino será dado a un pueblo que produzca frutos. La fe no puede quedarse en apariencia, pertenencia externa o palabras correctas. Dios espera frutos reales. Esperanzadora, porque incluso el rechazo humano no puede detener el plan de Dios. Él sabe levantar vida donde parecía haber fracaso.

Hoy podemos mirar nuestra propia viña. ¿Qué frutos está esperando el Señor? Tal vez un perdón que venimos demorando, una responsabilidad que debemos asumir mejor, una relación que necesita más paciencia, una fe que debe volverse más concreta, una dureza que necesita convertirse en misericordia.

Pidamos la gracia de vivir como administradores agradecidos, no como dueños cerrados. Que no rechacemos al Hijo cuando venga a pedir frutos. Y que Cristo, piedra angular, sostenga nuestra vida para que todo lo que somos y tenemos pueda dar fruto para el Reino de Dios.

Comentario de “Difundiendo la Palabra"