domingo, 20 de septiembre de 2026

EL IMPAGABLE HONOR DE TRABAJAR EN LA VIÑA

 


En este primer domingo de otoño nos encontramos con una de las parábolas más increíbles contadas por el Señor. Nos llega mientras retomamos todas nuestras actividades un poco con calzador: el trabajo, la escuela, la vida parroquial ordinaria, las fatigas y preocupaciones cotidianas… El verano con sus vacaciones, para quien ha podido hacerlas, parece un recuerdo lejano.

Y en esta “vuelta a la normalidad” nos encontramos con el Evangelio de hoy que hace saltar por los aires toda lógica de justicia humana, sobre todo en estos tiempos en los que buscar trabajo parece una utopía, tan grande como el riesgo a perder el empleo quien lo tiene.

Porque la parábola de hoy nos habla de trabajo, de sueldo, de jornal a horas, de recompensa con métodos y valoraciones que no se corresponden con la justicia. Pero al mismo tiempo hay una palabra que brilla luminosa más allá del derecho y la reivindicación: la palabra bondad. “Yo soy bueno” afirma el amo de la viña de la parábola.

En medio de las habladurías y críticas hacia el amo -humanamente justificables- encontramos la imponente afirmación “Yo soy bueno” que desarma toda lógica humana.

Porque la parábola, como toda parábola de Jesús, hace referencia a otra cosa: es necesario interpretarla, ir más allá de la simple narración. Algunas palabras de Jesús resultan ilógicas a nivel humano, incompresibles para “los de fuera” como Él mismo afirma después de la narración de la primera parábola, la del sembrador.

Una vez más, el Dios de Jesús nos desconcierta: sus caminos -como nos ha recordado Isaías en la primera lectura- no son nuestros caminos, los “superan” como la cruz y el don superan nuestra lógica.

Parece normal que instintivamente cada uno de nosotros se sienta solidario con los trabajadores de primera hora: no es justo dar la misma paga a quien trabaja mucho y a quien trabaja poco. No es justo si en el centro de todo colocamos el dinero y las leyes de la economía.

Pero si me dejo provocar por esta parábola, si como Dios, sitúo en el centro, no el dinero, sino el hombre, no la productividad sino la persona, entonces no puedo murmurar contra aquel que desea asegurar la vida de todos. La parábola nos invita a conquistar la mirada de Dios.


Si de hecho entramos en la lógica de Dios, se nos abre una perspectiva nueva: descubrimos un pacto entre las partes, es verdad, pero especial y único. Porque Dios nos llama a trabajar en su Viña, no como un empresario alejado de sus operarios, sino como uno que da a los hombres los frutos mismos de aquella viña y que hace a los hombres partícipes de su obra de redención. ¡El hecho mismo de trabajar en la viña del Señor es la recompensa! Y gozan mayormente de esta recompensa quienes la tienen desde primera hora de la mañana.

Dios se entrega a sí mismo al hombre en un don gratuito, continuo, fiel, sin límites; entrega todo su amor. Y pide a cambio únicamente la aceptación del don. La respuesta decisiva a su llamada, el arremangarse para poner manos a la obra aunque sea sólo una hora en la vida, puede redimir toda una existencia. Pensemos en aquel intensísimo momento de amor y de fe que hizo del buen ladrón, un primero en su Reino.

Ningún hombre, en cierto modo, puede ser comparado con otro. Cada uno tiene su llamada, su hora, su historia. Cada uno es el preferido al que Dios destina su paga de salvación, es decir la paga entera, todo Él mismo.

En esta aventura de amor infinito que es la historia de nuestra salvación, lo más llamativo, el contraste más evidente, el reto al esplendor de su Bondad es la envidia que podemos alimentar hacia este don que va más allá de todo mérito, revelando la medida de Dios.

Ceder a la envidia lleva en sí el castigo. El libro de los Proverbios define la envidia como “una caries de los huesos” (Prov.14,30) La envidia después va acompañada de lamentación, el arrepentimiento por haber soportado el peso de la jornada y el calor, de haber trabajado en la viña de Dios, de haberse visto obligado a amar desde la primera hora.

Sin embargo, si al trabajador de última hora lo miro con bondad, si lo veo como un amigo, no como un rival, si lo considero un hermano, no un adversario, si veo en él al pobre que se ha pasado todo el día sufriendo por no tener trabajo, entonces disfruto junto con él de la paga entera, porque entiendo que aunque por otros motivos, también se la merece; y lo festejo con mi hermano, y ambos nos sentimos ricos y agraciados.


Es cuestión de bondad, tan difícil de encontrar en nuestros días, incluso quizás en la vida de nuestras comunidades, donde a veces la envidia y la crítica -como decía el papa Francisco- son males que hieren la comunión y escandalizan al mundo.

Si me creo trabajador cumplidor de la primera hora, cristiano ejemplar, que entrega a Dios empeño y tesón, que pretende la recompensa, entonces me alejo de la bondad de Dios. Si en cambio, con humildad, con verdad, me coloco entre los últimos trabajadores, entre los siervos inútiles, junto a los pecadores, junto a María Magdalena y el buen ladrón, si cuento no con mis méritos sino con la bondad de Dios, entonces la parábola me revela el secreto de la esperanza: Dios es bueno.

Es lo que debió experimentar el mismo evangelista Mateo, el único que nos presenta esta parábola y cuya fiesta celebramos hoy 21 de septiembre, quizás porque se sintió tocado personalmente por la invitación a seguir a Jesús a pesar de su pecado. Es lo que experimentó san Pablo que llega a decir a los filipenses que “para mí, vivir es Cristo y el morir una ganancia”.

Entonces no me molesta que el Señor sea bueno, porque el trabajador de la última hora soy yo, un poco ocioso, un poco necesitado. No me lamento porque a menudo no tengo ya la fuerza de llevar el peso de la jornada y el bochorno.

¡Ven, Señor, a buscarme aunque me haya retrasado! Y estaré contento de tener un Dios así, que llama a la puerta cerrada de mi estrecho corazón de fariseo, que empuja contra la pobreza de mi alma, para  enriquecerla con su mismísimo Amor. Ayúdame a redescubrir que la verdadera ganancia es vivir de Ti, morir por Ti, que es impagable el honor de trabajar en tu viña desde primera hora de la mañana.

Mn. Francesc M. Espinar Comas
Párroco del Fondo de Santa Coloma de Gramenet

Semana del 21 al 27 de septiembre

 

Dena

Intenciones de las Eucaristías. Durante la semana a las 20:00 horas.

Lunes: No habrá Misa.

Martes: Julio, Manuela, hijos fallecidos y difuntos de la familia.

Miércoles: Pidiendo la Paz y la justicia para el mundo.

Jueves: A la Virgen de la Merced, en acción de gracias. Por las vocaciones a la vida sacerdotal, religiosa y misionera.

Viernes: Obligaciones del Celebrante.

Sábado: Encarnación Palomares Rodríguez. Ángel Moraña Laredo. Juan Poceiro Torres y esposa Carmen Radío Dadín. Victoria Varela Pérez, esposo José Fernández Gondar y difuntos de la familia. Elisa Valladares Fernández.

Domingo: Primera a las 9:00 por la Parroquia. Segunda a las 12:00 por Manuel Cousido Besada. Lidia Camiña Lobato. Ángel García Martín. Iñigo Lapetra, difuntos de ambas familias. Intenciones familia Arteaga Gómez de la Vega.

 

Villalonga

Intenciones de las Eucaristía. Durante la semana a las 19:00 horas.

Jueves: Pastora Otero Carballa, esposo y difuntos de la familia.

Viernes: Primer Aniversario de Floriano Fernández Limeres.

Sábado: Dolores Leiro Cacabelos. Pepe de Roma, do hotel Santomé. Ramón Padín Leiro. Amelia Padín Miguez, esposo Eladio Otero Rodríguez. José Luis Lago Oubiña. Amancio Méndez y esposa Nélida.

Domingo: A las 11:00 por Carlos Troncoso Poceiro. Alfredo Lores Lores, (de Piñeiros), hija María Esther y padres. Carmen Fandiño Conde.

 

domingo, 13 de septiembre de 2026

PERDONAR HASTA SETENTA VECES SIETE

 


La primera y tercera lecturas nos hablan del perdón de los pecados. En la segunda San Pablo desea que no vivamos para nosotros mismos, sino para el Señor.

En la Iglesia, comunidad de redimidos y reconciliados con el Padre en el Corazón de su Hijo muy amado, se nos garantiza el perdón divino y se nos impone amorosamente el perdón recíproco entre todos. Nada más exigente para la genuina convivencia cristiana en el Misterio de la Iglesia, que el acontecimiento mismo de nuestra Pascua: nuestra reconciliación con Dios y con los hermanos.


Eclesiástico 27,33–28,9Perdona la ofensa a tu prójimo y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas. Ya la revelación profética del Antiguo Testamento preparaba el mandato divino del perdón de las injurias, como una expresión de la humilde y perpetua necesidad que también nosotros tenemos del perdón divino.

Es evidente que quien no quiere perdonar no puede presentarse ante nadie para ser perdonado y, menos ante Dios. No está en buenas disposiciones de alma para obtener el perdón. Con la medida con que medimos seremos medidos. Para este perdón mutuo necesitamos estar despojados de nuestro amor propio, que es el gran enemigo de nuestra felicidad, de nuestra paz, de nuestra santidad. Sólo con amor divino podemos amar al prójimo como Dios quiere. Ante todo y sobre todo abnegación propia. Esto es lo que prepara el camino que nos lleva a la reconciliación con Dios y con los hermanos, que son todos los hombres.


–Bien nos lo muestra el Salmo 102: «El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia... Él perdona todas nuestras culpas y cura nuestras enfermedades, rescata nuestra vida de la fosa y nos colma de gracia y de ternura. No está siempre acusando, ni guarda rencor perpetuo. No nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestra culpas. Como se levanta el cielo sobre la tierra se levanta su bondad sobre sus fieles; como dista el oriente del ocaso así aleja de nosotros nuestros delitos». Nosotros, dentro de nuestras limitaciones, hemos de hacer lo mismo con los que nos ofenden. Así estaremos dispuestos para bendecir al Señor con todo nuestro ser y no olvidar sus beneficios».

Romanos 14,7-9En la vida y en la muerte somos del Señor. Porque hemos sido perdonados para Cristo y redimidos por su amor, el perdón fraterno es, entre nosotros, una exigencia de nuestra pertenencia a Cristo, el Señor. El vivir y morir para el Señor tiene habitualmente un sentido sacrificial, cultual. El cristiano está invitado a renunciarse a sí mismo, a la propia afirmación, exaltación y gloria para afirmar con toda su vida el dominio de Dios. Comenta San Cirilo de Alejandría:

«Se ha dicho que Cristo tuvo hambre, que soportó la fatiga de largas caminatas, la ansiedad, el terror, la tristeza, la agonía y la muerte en la cruz. Sin ser presionado por nadie, por sí mismo ha entregado su propia alma por nosotros, para ser Señor de vivos y muertos (Rom 14,9). Con su propia carne ha pagado un rescate justo por la carne de todos, con su alma ha llevado a cabo la redención de todas las almas, aunque si Él ha vuelto a tomar su vida, es porque, como Dios, Él es viviente por naturaleza» (Sobre la Encarnación del Unigénito 4).


Mateo 18,21-35«Perdonar hasta setenta veces siete», esto es, siempre. El Evangelio nos exige un corazón perdonado por el Padre y hecho a descubrir a Dios y perdonar a todos, incluso a los propios enemigos. Se terminó con el Evangelio la ley del talión: ojo por ojo y diente por diente. San Juan Crisóstomo dice:

«De modo que no encerró el Señor el perdón en un número determinado, sino que dio a entender que hay que perdonar continuamente y siempre. Esto por lo menos declaró por la parábola puesta seguidamente. No quería que nadie pensara que era algo extraordinario y pesado lo que Él mandaba de perdonar hasta setenta veces siete. De ahí añadir esta parábola con la que intenta justamente llevarnos al cumplimiento de su mandato, reprimir un poco de orgullo de Pedro y demostrar que el perdón no es cosa difícil, sino extraordinariamente fácil.

«En ella nos puso delante un propia benignidad a fin de que nos demos cuenta, por contraste, de que, aun cuando perdonemos setenta veces siete, aun cuando perdonemos continuamente todos los pecados absolutamente de nuestro prójimo, nuestra misericordia al lado de la suya, es como una gota de agua junto al océano infinito. O, por mejor decir, mucho más atrás se queda nuestra misericordia junto a la bondad infinita de Dios, de la que, por otra parte, nos hallamos necesitados, puesto que tenemos que ser juzgados y rendirle cuenta» (Homilía 61,1, sobre San Mateo).

Manuel Garrido Bonaño  (Dei Verbum.org)

Semana del 14 al 20 de septiembre

 

Dena

Intenciones de las Eucaristías. Durante la semana a las 20:00 horas.

Lunes: No habrá Misa.

Martes: Festividad de la Virgen de los Dolores. Misa a la Virgen de los Dolores, por las intenciones de la Parroquia.

Miércoles: María Isabel Martínez Díaz. Alicia García Fariña.

Jueves: Julio, Manuela e hijos fallecidos.

Viernes: Por los ancianos y enfermos de la Parroquia.

Sábado: Manuel Salgueiro Blanco. Manuel Vázquez Meis y su hijo Miguel Ángel. Modesto Sanmartín Arosa y difuntos de la familia. Tomás Outón Cacabelos.

Domingo: Primera a las 9:00 por la Parroquia. Segunda a las 12:00 por Ángel García Martín. Iñigo Lapetra y difuntos de amabas familias. Intenciones de familia Arteaga Gómez de la Vega. José Manuel Otero Naveiro, padres, hermanos y suegros. Manuel Blanco Vidal.

 

Villalonga.

Intenciones de las Eucaristías. Durante la semana a las 19:00 horas.

Martes: Festividad de la Virgen de los Dolores. Misa a la Virgen de los Dolores, por las intenciones de la Parroquia.

Viernes: A las 21:00 catequesis de los jóvenes de la Confirmación.

Sábado: Misa por Ana María Garrido Troncoso. Jacinto Casal Soutullo. Juan Salgueiro. Gonzalo Martínez Martínez. Peregrina Vilar Moldes y difuntos de Casa, do Freixo. Marina Otero Carballa y esposo Chan. Pastora Valladares Soto.

Domingo: A las 11:00 Misa en Acción de Gracias a la Virgen a intención de José Antonio y Tana. Carmen Estévez Filgueira. Carmen Buezas Besada. A la Virgen de los Milagros, una devota.

domingo, 6 de septiembre de 2026

CENTINELAS DE LA FE: ESCUCHAR, VER Y PROCLAMAR

 

 
Ante la abundancia de informaciones en torno a nosotros, que nos llegan a través de los medios, de noticias reales, de medias verdades tendenciosas, de manipulaciones informativas, de auténticas falsedades… ¿cómo podemos discernir la verdad? ¿Cómo hacemos para no dejarnos influenciar y condicionar por estas noticias? Hoy en día no podemos vivir en un mundo paralelo: éste es nuestro mundo y es en este mundo que los cristianos hemos de introducir la Buena Noticia, el Evangelio. Y la huida del mundo no es, según mi opinión, el mejor método. Hay que “ingeniárselas” para transformar este mundo en un mundo mejor. Y creo que la prima lectura de este domingo en el Novus Ordo (XXIII T.Ord.)  nos da una pista para una solución extraordinaria: la muy sugestiva imagen del centinela. ¿Qué es y qué hace un centinela?
 
Esa imagen no es una novedad en la Biblia. Baste recordar el fragmento de Isaías 21 (Dinos, centinela, ¿qué ves en la noche?) Si normalmente un centinela era la persona apostada en la torre de la ciudad -día y noche- para vigilar los alrededores y avisar si se acercaba un enemigo, el centinela del que nos habla la Escritura no es el que escruta el horizonte para advertir la llegada de los enemigos políticos, sino más bien el que escruta los peligros y sabe discernir los acontecimientos y las realidades que nos acechan y que nos pueden invadir y debilitar como creyentes. Puede ser también la solución a tanta manipulación informativa. Reconducirnos al criterio de verdad de las cosas.

La primera misión del centinela es la escucha (“…cuando escucharás de mi boca una palabra”). Así pues, lo que debe saber hacer un centinela es escuchar. No sólo oír, no. En la oscuridad de la noche debe saber escuchar. El enemigo puede acercarse a oscuras: y si un centinela no sabe escuchar, tiene asegurada su ruina y la de toda la ciudad. Nuestro centinela “teológico” debe saber escuchar ante todo la Palabra de Dios. El contacto cotidiano con la Escritura es una guía segura. Además debe saber discernir en la escucha de cuantas noticias le llegan: saber individuar los intereses personales y económicos que se ocultan detrás de tantas informaciones aparentemente “veraces” que cada día encontramos en la prensa. 

En segundo lugar, un centinela debe saber ver. Si ha escuchado un ruido, debe individuar el peligro en la oscuridad. Si no oye el peligro y lo primero que le sucede es verlo, quizá sea demasiado tarde: el enemigo podría estar excesivamente cerca y no tener tiempo ya para tocar el cuerno, tocar la campana o hacer sonar la sirena para advertir a sus protegidos. El cristiano que escucha y ve, debe advertir especialmente a los que en la Iglesia tienen la misión de jefes, guías y pastores. Y para ello el centinela debe saber hablar. Es decir proclamar, transmitir, denunciar, advertir. Si se quiere, aquí podríamos hablar del testimonio. Pero este paso es posterior. Los que somos pastores (sacerdotes y obispos, pero también padres de familia y educadores) hemos de reconocer en esto, la altísima responsabilidad que sobre nosotros recae.

Hoy en día se ha trastocado este orden: se habla tantísimo, pero sin haber recorrido las dos primeras etapas: la de la escucha y la de la verificación y el discernimiento.
 
Tor Vergata- JMJ 2000

Junto a todo ello, en la imagen del centinela y de su misión podemos descubrir también una bella imagen de lo que es la parábola de la vida de fe. Éste se funda en primer lugar en la escucha de la Palabra: crece con ver, descubrir y contemplar la presencia de Dios en la Historia, y llega con la madurez del testimonio. Distorsionar esta sucesión podría llevarnos a una mistificación nociva de la fe o hacia un fundamentalismo peligroso; y la historia nos desvela cuán peligrosa puede resultar esa clase de fe.  Los diez leprosos del fragmento evangélico de Lucas (17,11-19) que nos presenta el domingo XIIIº desp. de Pentecostés, de bien cierto habían oído hablar del Señor: lo escucharon también personalmente, lo vieron y fueron en pos de Él, supieron dirigirse a Él, aunque sólo uno acabó toda la ruta, el recorrido de la fe. El Señor alabó la fe que salvó al leproso agradecido. Una fe que le fue don: seguramente porque había implorado bien y había rezado.

Que la invitación a orar nos conceda la triple gracia: la de la escucha, la de saber ver y por último la de testimoniar la belleza de vivir en Su presencia, la única cosa cierta, la única bella y verdadera noticia. ¡Ojalá todos nos convirtamos en centinelas del Tercer Milenio como el santo papa Juan Pablo II invitaba a los jóvenes en aquel encuentro de Tor Vergata!

Mn. Francesc M. Espinar Comas
Párroco del Fondo de Santa Coloma de Gramenet

Semana del 7 al 13 de septiembre

 


Dena

Intenciones de las Eucaristías. Durante la semana a las 20:00 horas.

Lunes: Javier San Román, hijo Emilio y Roberto.

Martes: Natividad de la Virgen María. Misa por la conversión y santificación de la Parroquia.

Miércoles: No habrá Misa.

Jueves: Por las Vocaciones a la Vida Sacerdotal, Religiosa y Misionera.

Viernes: Obligaciones del Celebrante.

Sábado: Por todos los difuntos de la Parroquia.

Domingo: Primera a las 9:00 por la Parroquia. Segunda a las 12:00 por José Da Silva Gaspar, madre y difuntos de la familia. Difuntos de la familia García San Miguel. Alberto. José María Ariza. Juan. Ángel García San Martín. Iñigo Lapetra y difuntos de las familias. Intenciones familia Arteaga Gómez de la Vega.

 

Villalonga

Intenciones de las Eucaristías. Durante la semana a las 19:00 horas.

Martes: A las 19:00 por la Parroquia.

Miércoles: A las 19:00 Reunión con los jóvenes de Confirmación.

Sábado: Tino Martínez Buezas y su padre. Carmen Buezas Fernández, da Arnosa. Samuel Souto Torres, esposa Silveria Buezas Pérez. Servando Buezas Radío, esposa Dolores Pérez Viñas. Antón Astray.

Domingo: A las 11:00 por José Troncoso Poceiro, 3º aniversario y esposa Sara Rodiño Padín. Carmen Poceiro y esposo José Troncoso, padres de José.

lunes, 31 de agosto de 2026

Domingo XXII del Tiempo Ordinario del Ciclo A

 

 
Comentario al Evangelio del Domingo XXII del Tiempo Ordinario del Ciclo A, realizado por el Papa Benedicto XVI, en el Angelus del Domingo 28 de agosto del año 2011

En el Evangelio de hoy, Jesús explica a sus discípulos que deberá «ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día» (Mt 16, 21). ¡Todo parece alterarse en el corazón de los discípulos! ¿Cómo es posible que «el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (v. 16) pueda padecer hasta la muerte? El apóstol Pedro se rebela, no acepta este camino, toma la palabra y dice al Maestro: «¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte» (v. 22). Aparece evidente la divergencia entre el designio de amor del Padre, que llega hasta el don del Hijo Unigénito en la cruz para salvar a la humanidad, y las expectativas, los deseos y los proyectos de los discípulos. Y este contraste se repite también hoy: cuando la realización de la propia vida está orientada únicamente al éxito social, al bienestar físico y económico, ya no se razona según Dios sino según los hombres (cf. v. 23). 

Pensar según el mundo es dejar aparte a Dios, no aceptar su designio de amor, casi impedirle cumplir su sabia voluntad. Por eso Jesús le dice a Pedro unas palabras particularmente duras: «¡Aléjate de mí, Satanás! Eres para mí piedra de tropiezo» (ib.). El Señor enseña que «el camino de los discípulos es un seguirle a él [ir tras él], el Crucificado. Pero en los tres Evangelios este seguirle en el signo de la cruz se explica también… como el camino del “perderse a sí mismo”, que es necesario para el hombre y sin el cual le resulta imposible encontrarse a sí mismo» (cf. Jesús de Nazaret, Madrid 2007, p. 337).


Como a los discípulos, también a nosotros Jesús nos dirige la invitación: «El que quiera venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga» (Mt 16, 24). El cristiano sigue al Señor cuando acepta con amor la propia cruz, que a los ojos del mundo parece un fracaso y una «pérdida de la vida» (cf. ib. 25-26), sabiendo que no la lleva solo, sino con Jesús, compartiendo su mismo camino de entrega. Escribe el siervo de Dios Pablo VI: «Misteriosamente, Cristo mismo, para desarraigar del corazón del hombre el pecado de suficiencia y manifestar al Padre una obediencia filial y completa, acepta... morir en una cruz» (Ex. ap. Gaudete in Domino, 9 de mayo de 1975: aas 67 [1975] 300-301).
 

Aceptando voluntariamente la muerte, Jesús lleva la cruz de todos los hombres y se convierte en fuente de salvación para toda la humanidad. San Cirilo de Jerusalén comenta: «La cruz victoriosa ha iluminado a quien estaba cegado por la ignorancia, ha liberado a quien era prisionero del pecado, ha traído la redención a toda la humanidad» (Catechesis Illuminandorum XIII, 1: de Christo crucifixo et sepultoPG 33, 772 b).

+ Benedicto XVI