domingo, 4 de octubre de 2026

UNA VIÑA CUIDADA CON AMOR

 


Jesús presenta la imagen de un propietario que planta una viña, la rodea con una cerca, cava un lagar, construye una torre y la entrega a unos viñadores. No abandona un terreno cualquiera. Prepara cuidadosamente un lugar para que dé fruto. La viña es signo de una historia de amor, de confianza y de responsabilidad.Así obra Dios con nuestra vida. No nos entrega una existencia vacía o sin sentido. Nos confía dones, vínculos, oportunidades, fe, tiempo, capacidades, personas a quienes amar, caminos donde servir. Todo eso es una viña recibida. Nada de lo verdaderamente importante nos pertenece como dueños absolutos.

Esta imagen nos invita a agradecer, pero también a despertar. La vida que tenemos no es solo para conservarla, defenderla o usarla según nuestro capricho. Es una viña llamada a dar fruto. Dios espera de nosotros frutos de justicia, misericordia, fidelidad, perdón, servicio y amor concreto.


Los viñadores de la parábola actúan como si la viña fuera suya. Cuando llegan los servidores del dueño para recoger los frutos, los maltratan y los rechazan. Luego hacen lo mismo con otros enviados. Finalmente, cuando llega el hijo, deciden matarlo para quedarse con la herencia.

El pecado profundo de estos viñadores es la apropiación. Recibieron algo confiado, pero se comportaron como dueños. Esa tentación también puede entrar en nuestro corazón. Podemos apropiarnos de la vida, de los bienes, de los talentos, de la familia, de una responsabilidad, incluso de la fe, como si todo existiera solo para nosotros.

Cuando olvidamos que Dios es el Dueño, aparecen la soberbia, la dureza y la ingratitud. Dejamos de escuchar sus llamados. Rechazamos correcciones. Nos molesta que alguien nos recuerde lo que debemos cambiar. Queremos los frutos, pero no queremos rendir cuentas.


La parábola llega a su punto más doloroso cuando el dueño envía a su hijo. Piensa que lo respetarán, pero los viñadores lo sacan fuera de la viña y lo matan. Jesús está anunciando su propia pasión. Él es el Hijo enviado por el Padre, rechazado por quienes no quieren entregar los frutos de una vida convertida.

Esta escena nos pone frente al misterio del amor de Dios. El Padre no deja de enviar. Insiste, llama, busca, espera. Su paciencia parece desmedida. Pero el rechazo al Hijo revela hasta dónde puede llegar un corazón cerrado cuando no quiere perder el control.

También nosotros podemos rechazar a Cristo de maneras más silenciosas. No necesariamente con violencia abierta, sino cuando no escuchamos su Palabra, cuando postergamos la conversión, cuando preferimos nuestras seguridades, cuando defendemos actitudes que sabemos que no dan fruto, cuando dejamos a Dios fuera de decisiones importantes.

Jesús recuerda que la piedra desechada por los constructores se convierte en piedra angular. Lo que los hombres rechazan, Dios lo transforma en fundamento. La cruz, que parecía derrota, será lugar de victoria. El Hijo rechazado será el centro de una vida nueva.


Esta palabra es exigente y esperanzadora. Exigente, porque Jesús advierte que el Reino será dado a un pueblo que produzca frutos. La fe no puede quedarse en apariencia, pertenencia externa o palabras correctas. Dios espera frutos reales. Esperanzadora, porque incluso el rechazo humano no puede detener el plan de Dios. Él sabe levantar vida donde parecía haber fracaso.

Hoy podemos mirar nuestra propia viña. ¿Qué frutos está esperando el Señor? Tal vez un perdón que venimos demorando, una responsabilidad que debemos asumir mejor, una relación que necesita más paciencia, una fe que debe volverse más concreta, una dureza que necesita convertirse en misericordia.

Pidamos la gracia de vivir como administradores agradecidos, no como dueños cerrados. Que no rechacemos al Hijo cuando venga a pedir frutos. Y que Cristo, piedra angular, sostenga nuestra vida para que todo lo que somos y tenemos pueda dar fruto para el Reino de Dios.

Comentario de “Difundiendo la Palabra"

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