Porque hay eunucos que así nacieron desde el seno de su madre, y hay eunucos que fueron hechos eunucos por los hombres, y también hay eunucos que a sí mismos se hicieron eunucos por causa del reino de los cielos. El que sea capaz de hacer esto, que lo haga (ho dynámenos joréin, joréito).
Mateo 19:12
Voy dándole vueltas a la idea de extenderme (no en Gérminans, claro está) en torno a la idea de que el famosísimo “Contrato Social” tiene como fundamento natural inexorable, el “Contrato Sexual”, que hoy está de capa caída. Y pensé que sería interesante, dentro de este tema, dedicar una reflexión al auge que ha adquirido en esta época conflictiva el distanciamiento sexual del hombre respecto a la mujer (el Creador, desde el principio, macho y hembra los hizo), sintetizado este distanciamiento en el movimiento gay, el del “tercer sexo”: con toda la carga sociológica y legal y los infinitos flecos que arrastra consigo. Y me pareció que un buen título para este capítulo, sería “La rebelión de los eunucos”.
Y claro, ya metido en harina, al centrarme en el fenómeno de los eunucos, me tropiezo de inmediato con el texto de Mateo arriba transcrito. Al ir a trabajarme ese texto, lo que me llama la atención en primer lugar es su contexto: la trampa de los Fariseos a Jesús preguntándole si es lícito repudiar a la mujer por cualquier causa (lo que hoy llamamos divorciarse). Y resulta que son los mismos discípulos los que, tras la explicación de Jesús, responden: si así es la causa (aitía) del hombre con relación a la mujer (metá tés gynaikós), no sale a cuenta (u symférei) casarse. Y es aquí cuando sigue con el texto sobre los eunucos transcrito al inicio. Es decir que ahí en el Evangelio de Mateo, sale lo de los eunucos a cuenta de lo difícil que se les pone el matrimonio a los hombres de esa época, porque no tienen fin las trabas para repudiar a la mujer por cualquier causa. Si no sale a cuenta casarse, hay que pensar en tirar por el camino del medio, hacerse eunuco (que, ¡vaya por dónde!, se empleaba también entonces como sinónimo de afeminado) voluntariamente y por una buena causa: el reino de los cielos. Y resulta que sí, que hay un deslizamiento de significado en ese sentido, en el entorno de los que “se han hecho eunucos por el reino de los cielos”. No tengo interés en tirar de este hilo que pone en el mismo plano al que renuncia a casarse y al afeminado.
Y aquí estamos metidos de lleno en el debatidísimo tema del celibato sacerdotal. Y no es casualidad que el término evangélico sea “hacerse eunuco”, porque precisamente el concepto de “eunuco” tiene connotaciones históricas que trascienden la mera cuestión sexual. Por eso me ha parecido interesante dedicar un articulillo a este tema bajo el título que aparece encabezándolo. Porque sobre los que me interesa hablar, es sobre los que se da por entendido que se han hecho eunucos por el reino de los cielos.
La etimología más comúnmente aceptada de eunuco, es la que entiende el término formado por dos elementos: “euné”, que sería el lecho en su connotación placentera, y “éjo”, (tener). Con lo que el eunuco sería el esclavo cuyo oficio es guardar el lecho. En los harenes era un varón (raro que no fuese una mujer; en los prostíbulos es la madame la regenta de las mujeres públicas). En cualquier caso, castrado. Eunuco.
¿Hay alguna duda de que el sacerdote (y la Iglesia en general) no ejerce precisamente de Álex-andrós (defensor del varón), sino de Álex-gynaikós (defensor de la mujer? No hay que darle muchas vueltas al argumento para llegar a esa conclusión. No hay más que ver los términos en que los Fariseos le plantean el tema a Jesús, y cómo acaba el debate con la reflexión de los discípulos, para entender la feroz tendencia al abuso por parte de los hombres. Sí, casarse, pero sin perder el derecho a repudiar a la mujer (divorciarse) con cualquier pretexto (katá pásan aitían), pretendían los Fariseos; excepto por prostitución (me epí pornéia), les responde Jesús. Sólo si la mujer se prostituye, es lícito el repudio.
Y se evidencia también que la gran beneficiada institucionalmente por el matrimonio, es la mujer. Y que, consiguientemente, la más perjudicada por el desmantelamiento de esta institución es también la mujer (además de los hijos, cuando los hay). El hecho de que hoy, en la mayoría de los divorcios que se producen, y además con cualquier pretexto (katá pásan aitían), la iniciativa sea de la mujer, no descalza para nada el principio de que el matrimonio se instituyó y se defendió en beneficio de la mujer. No hay más que ver que a lo largo de la historia de nuestra civilización, era lamentabilísima la suerte de la mujer que quedaba fuera del matrimonio: era el ejercicio activo de la prostitución. Es oportuno recordar aquí el dicho ése de “pasar más hambre que una puta en cuaresma”. Hasta en el ámbito de la prostitución se practicaba la abstinencia de las actividades carnales. Al caso, la Iglesia fue (ya no lo es) la gran defensora del matrimonio, siendo la mujer, la máxima beneficiaria de la defensa de esta instirución.
Y bueno, eso de que no sale a cuenta casarse (u symférei gaméin), lo tienen ya asumido la mayoría de los hombres en edad de casarse. Y aquí es de nuevo la mujer, aunque de otro modo, la más perjudicada. Creo que es poco discutible que el matrimonio se diseñó pensando especialmente en beneficiarla a ella.
¿Y qué está pasando en la Iglesia con los que se hicieron eunucos a sí mismos por causa del reino de los cielos? Visto por dónde van las transgresiones a este compromiso, parece que un gran número de los transgresores han optado por el sinónimo de “afeminado”, que lleva hoy otras connotaciones más coloridas y un potente aparato propagandístico también en la Iglesia. Un número menor de transgresores se ha quedado en las transgresiones que en otros tiempos fueron las mayoritarias. Mientras que es de suponer que la gran mayoría de los que adoptaron el compromiso de hacerse eunucos por causa del reino de los cielos, es decir los que al abrazar el sacerdocio aceptaron el celibato a él vinculado, se mantienen fieles a su compromiso.
Vuelve a discutirse en la Iglesia la oportunidad del celibato sacerdotal. Y de paso, del sacerdocio femenino. Y, como en tantas otras cuestiones, se considera mejor opción renunciar a él: es la inclinación tan progresista del cambio por el cambio como sinónimo infalible de progreso. Y todo, bajo el supuesto de que no tiene buena pinta que la Iglesia se ocupe excesivamente del sexo, como no sea para abrir de par en par las puertas a todo género de transgresiones. Pues no, resulta que no es bueno que la Iglesia renuncie a la defensa del lecho (del lecho matrimonial), y de paso, del matrimonio. Y eso, evidentemente, los hombres de Iglesia están en mejores condiciones de hacerlo desde su condición de eunucos, de célibes (por causa del reino de los cielos, ¡claro!)
Virtelius Temerarius



No hay comentarios:
Publicar un comentario