domingo, 26 de enero de 2020

La llamada del Señor


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Este es el tema: De cómo la aventura de cuatro gatos pudo desbaratar un mundo adormecido en sus quimeras. El agua del Bautista apenas había mojado su cabeza y el Caminante de Nazaret no perdió el tiempo: salió de la sombra del silencio de su casa -en la que vivió un largo letargo divino de más de cinco lustros- y ya se empleó en amaestrar a Satanás cara a cara. Y lo hizo de esta manera para dejárselo claro y hacerle saborear que no todos los hombres han nacido para ser rebabas de sus préstamos. Cuarenta días allí dentro pagando la cuota de la más humana de las leyes de la naturaleza -es decir, la tentación de parecerse a Dios- para después recorrer caminos para desbrozar la Ruta al Reino de Dios. Para encender un poco de luz dentro las estancias brumosas y oscurecidas del reino de los hombres: “El pueblo que habitaba en las tinieblas vio una gran luz, para aquellos que habitaban en regiones y sombras de muerte surgió una luz”. Y la aventura parece iniciarse justo en el lugar equivocado: en la tierra de Zabulón y Neftalí, Galilea de las naciones o sea tierra de frontera y de periferia, de olvido y desconsideración. De polvo, poca fama y tanta piedad. Como Nazaret. En el lugar y el momento equivocados, quizás el más descabellado: la cabeza del Bautista ha sido regalada a la hija de Herodías, la viciada bailarina que cautivó la mirada de Herodes hasta arrancarle lo que el corazón de su madre -mujer vengativa- pidió: la cabeza de aquel que se esforzaba en mostrarle el verdadero camino. Cayó la cabeza y los discípulos del profeta rupestre y silvestre tienen miedo: ¿después del capitán quizás decapitarán también al equipo? Todos escondidos como topos en su madriguera. A Él -por el que el Bautista juzgó incluso ridícula su propia vida hasta hacerse cortar el cuello- parece que no le importaba en absoluto. Entra y empieza allí donde su pariente había interrumpido su obra: “Convertíos porque está cerca el Reino de Dios.


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En el fondo la tierra no importa -un lugar vale lo que otro- si siquiera el estado del tiempo (“no existen vientos contrarios, decía Séneca, sino hombres y mujeres que se rinden”) lo que sí importa es la elección de la compañía, eso sí que levanta sospechas: no ha escogido a mercaderes que saben regatear y negociar en las plazas y mercados, ni observantes que desmenuzan los renglones de la Ley, ni rabinos que citan de memoria los versículos de la Sagrada Escritura. Son pescadores: hombres de aguas y mares, de pescas y de veladas al claro de luna, de espera -¡tanta espera!- y de golpes de suerte: los del mar avaro, del mar generoso, del maldito mar. Hombres de las sorpresas, ninguna de las cuales superó a aquella audaz que les propuso el Caminante: “Venid conmigo y os haré pescadores de hombres”. Y aquellos, hombres acostumbrados a los cálculos -tanto pescado a tanto el kilo nos da tanto por jornada- “en seguida dejaron la barca y lo siguieron”. ¿Así sin merecer ninguna explicación? María, la Escogida, por lo menos pidió luces al Arcángel: ¿cómo será eso si no conozco varón? Estos en cambio no: emigrarán a no se sabe dónde, desposarán otros mares, se confiarán a Otro Pescador. Lo que les espera aún no lo podrán saber: saben únicamente que seguirán siendo pescadores, no traicionarán su viejo oficio. El sabor y la sabiduría de una tradición familiar, no tendrán que maldecir su pasado. Cambiará sólo el pescado como objeto de las capturas: ya no más peces, sino hombres. Dejarán todo para seguir el sueño que transforma el dolor en gozo, escucharán el grito que da la vista a los ciegos, verán la mirada de los cautivos liberados, percibirán la esperanza de los desesperados. De aquel mar volverán distorsionados: gritarán al viento, caminarán sobre las aguas, expulsarán demonios, suturarán llagas, enjugarán lágrimas. Cuatro gatos sin ni siquiera ya barca alguna. Aunque su espíritu siempre volará por cotas demasiado bajas y no comprenderán sus verdades y sus parábolas, y al final lo abandonarán, todo será perdonado por la prontitud cándida y segura con la que siguieron la primera llamada.


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Sintiendo los ensayos del tiempo, inició la más audaz entre las aventuras en el lugar equivocado, entró en escena en el momento menos favorable y propicio y reunió el equipo mejor aprovechado que podía organizar. Le dieron pocas oportunidades: Él hizo oídos sordos y partió. Incluso el Titanic fue construido por profesionales y se hundió. El arca fue construida por Noé, probo agricultor, y resistió la furia de un diluvio hinchado de agua. En Cafarnaún los pescadores lo sabían bien: nunca dar un juicio sobre  una barca mientras está amarrada en el puerto. Un Grandísimo crea a los más grandes. 

Mn. Francesc M. Espinar Comas

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