domingo, 10 de noviembre de 2019

Cada época tiene su versión de incredulidad

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Cómo obtener un efecto boomerang. Esta vez ni siquiera la fantasía más absurda -una mujer que se casa con siete maridos que mueren todos sin dejar descendencia- consigue desmontar la esperanza más incomprensible: la de la Resurrección. Paga el pato en esta ocasión, el ala aristocrática y noble de los saduceos: aquellos que ante la resurrección de los muertos respondían con una gran carcajada. Antes que ellos los escribas, acto seguido los fariseos, finalmente los saduceos: es el día de los incrédulos y pasotas. Cada época histórica tiene su versión de la incredulidad y a cada trazo de incredulidad, la renovada confirmación de que “Dios no es un Dios de muertos sino de vivos”. No creen en la Resurrección, por eso van preguntando a aquel Rabino que está de paso, de quién será mujer en el más allá aquella que se ha casado con siete hombres diferentes. Tiene trabajo el Nazareno para narrar lo inaudito, aquello que nadie ha visto, aquel residuo inesperado que se abrió ante la mirada de María de Magdala en aquella primera mañana toda hebrea de la primera alborada de la primera Pascua cristiana. 

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Sima de San Pedro (Teruel)

Y en aquella pregunta está toda la incredulidad humana frente a la Belleza: aquí abajo todo debe poderse explicar, hasta el teléfono móvil se convierte en la prolongación de la mano, la fricción del embrague como una continuación del pie, y el pensamiento como una expresión explícita del deseo. Así que también desde la eternidad el hombre quisiera ser la continuación de lo efímero: un Dios inexplicablemente monótono y monocorde. No así en Su lógica, donde entre lo cotidiano y lo eterno está vigente el sustrato de una sorpresa que nadie puede anticipar, de un sobreañadido de humanidad difícil de desvelar antes de hora, de una ocasión de justicia no sometida a interpretaciones. El después de Zaqueo es exactamente lo contrario a su antes. Y con Zaqueo una infinidad de veces más. De la Samaritana, también ella pluricasada, de Mateo y de Tomás, de Saulo/Paulo y de Simón/Pedro, de Agustín y de Francisco, de Edith y de Domingo. De mí: nadie puede imaginar cómo se resolverá el encuentro con Su mirada. Que lo de aquí abajo es un anticipo momentáneo de lo que allá arriba se convertirá en eterno. Es una perspectiva que los ojos del mundo tienen dificultad para comprender: aquí todo es previsible, la costumbre reina soberana, la sorpresa corre siempre el riesgo de ser anticipada, la fe cristiana resulta insípida y cortante, imprevista e imprevisible, angustiosa y esperanzada. Porque en aquellos prados ninguna historia llegó a escribirse fuera de la de la Palabra del Maestro, que por sí sola bastaría para sosegar lustros de ansiedades de las de aquí abajo. Entonces es mejor la sospecha de una estafa de parte de Dios: es la desconfianza del Jardín del Edén. De aquel imbécil de Satanás. 

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De la muerte se habla siempre con tonos oscuros y tremebundos, como si fuese la sima donde se engulle nuestra historia de protagonistas de la vida, quizás con el viento en contra y sin aceite. Con una línea de salida desventajosa. Y sin embargo allí se abre una ventana al más allá de Dios, una fisura desde la cual se puede contemplar la irrupción siempre imprevisible de un Dios que habita forastero en los caminos del mundo. Pero que, como Amante, conserva el sueño de una confidencia íntima con los hombres de aquí abajo. No humilla a los saduceos, no presenta una actitud de hastío como respuesta a aquella querella construida artísticamente: simplemente se hace Presencia de una historia diversa, de un modo inédito de mirar al mundo, de una esperanza toda del mañana que ilumina las enfermedades terrenas. Quizás reside aquí el residuo inesperado de la Resurrección: anunciar a los perdedores de la historia que el Eterno no será la banal y monótona continuación del presente, sino la entrada en una nueva perspectiva: donde lo que aquí parecía invencible, encontrará un nuevo modo de ser. 

Hoy ha sido una jornada maravillosa -quizás la más hermosa desde que nací- y sin embargo mañana pudiera ser una jornada aún más sublime. Con Él lo bello aún está por llegar. Con el residuo inesperado de una sorpresa al alcance de la mano: con la que sólo pensarlo, siquiera por cinco segundos, se advierte el latido gozoso del corazón. 

Mn. Francesc M. Espinar Comas

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