domingo, 17 de noviembre de 2019

ENTRE EL FINAL Y EL FIN: DOS MIRADAS DIVERSAS


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Un matiz gramatical para paladares refinados. Leyendo el final, la aventura cristiana aparece como la mayor quimera de la historia. Tantus labor non sit cassus: tanto trabajo para nada. Sin embargo si la escrutamos con un fin, la sorpresa tiene el sabor de las conquistas que escriben la historia. Mi historia avanza hacia una meta, hacia un fin. Entre el final y el fin discurre el gran río de la humanidad: hay quien lee el evangelio con los ojos tristes y funestos de quien no tiene esperanza; y hay otros que con el mismo evangelio se adentran con mirada confiada, aquella confianza que no es optimismo a bajo precio sino conciencia de Aquel que posee el regalo de la confianza. Aquí abajo está surgiendo un alba, están presentes las primeras luces de una Pascua que se están encendiendo, se advierte el eco de los ensayos musicales de un Dios que está organizando la fiesta de inauguración en lo Eterno. En medio un río -quizás el último, o bien el penúltimo, lo más probable es que sea uno de tantos que aún hay que cruzar-: en esta parte, mi historia; en la otra orilla, la historia de Dios. En medio, la eterna diatriba entre la esperanza y el desánimo, entre la inquietud de la búsqueda y la euforia de la sorpresa, entre la tristeza del Viernes Santo y el gozo de la Pascua, entre la sospecha y la desconfianza de que exista un Dios celoso que me ha abandonado en el mundo (vieja trampa de la serpiente) y apasionada confianza en un Dios que pide poder escribir una historia en mi compañía.
 
Es la biografía de la Belleza narrada por los evangelios. Una belleza que no está obsesionada en hacerse notar: sería una belleza vulgar. Es simplemente una Belleza bella. Un espacio en el que uno se encuentra bien, tan bien que uno quisiera apearse de cualquier otra, porque aquella Presencia es la raíz y la aproximación del más modesto y excelso de los deseos humanos: “Maestro, qué bien se está aquí”. Sin embargo aquí no nos podemos quedar. Este es el drama del mundo que sumergido en la Belleza puede hacerse adulto, que pierde los trazos de la infancia -nostálgicos pero pueriles- y se reviste con el traje de las cosas maduras. “Os perseguirán entregándoos a las sinagogas, arrastrándoos ante reyes y emperadores” Y el motivo está pronto dicho “A causa de mi nombre”. Masacrados y burlados por ser de Él, ultrajados y ofendidos por estar enamorados, alejados y segregados por ser capaces de imaginar un futuro diverso, hasta dar la vida para que aquel sueño se convierta en signo. El Hombre de los Evangelios es realmente extraño: no elude, no ahorra, no comercia. Presenta la meta sin esconder las insidias del sendero, anticipa la Belleza última sin desconocer la obra de la Mentira, invita a la perseverancia sin callar la dificultad de la persecución. Anticipa el secreto último de la victoria: con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas, salvaréis al mundo…
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Perseverar es evangélico; es diabólico en cambio el renunciar a comprometerse, paralizados ante la puerta de la Iglesia, esperar en vano que la solución llegue no se sabe bien de dónde, no aprovecharse de pleno de los talentos que Dios te ha dado. Perseverar es permanecer en la trinchera de la batalla cuando todo te dice “vuelve a casa, ríndete, déjalo ya”. Y estando allí, a un paso de lo posible, toda rendición es traición. Porque mi historia camina hacia el final pero acercándose tremendamente a su  fin: es decir, está madurando.

Por otra parte, Dios también persevera. Lo he visto perseverar esta mañana, y aquella perseverancia era como una bofetada. Me ha visto abrir los ojos y se ha recreado en los últimos bostezos de mi somnolencia y después ha perseverado: “También hoy, Francesc, me fío de ti: Buena Jornada”. Es toda una vida de tozudez conmigo; y esta perseverancia es cuanto menos embarazosa…

Mn. Francesc M. Espinar Comas

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